La ignorancia informada

El nuevo inculto no sabe que lo es. Durante siglos, para hablar con autoridad sobre algo había que pagar un precio: estudiar, leer, investigar, contrastar, equivocarse, corregirse. Había instituciones cuya función era precisamente filtrar el ruido: la editorial, el periódico, la universidad, la biblioteca, el especialista. Las redes sociales han decidido que ese filtro era…

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El nuevo inculto no sabe que lo es.

Durante siglos, para hablar con autoridad sobre algo había que pagar un precio: estudiar, leer, investigar, contrastar, equivocarse, corregirse. Había instituciones cuya función era precisamente filtrar el ruido: la editorial, el periódico, la universidad, la biblioteca, el especialista.

Las redes sociales han decidido que ese filtro era elitista.

Y lo han sustituido por algo mucho más democrático: que cualquiera pueda opinar sobre cualquier cosa sin necesidad de saber de qué coño está hablando.

No hemos democratizado el conocimiento.

Hemos democratizado la apariencia de conocimiento.

Ahora basta con haber visto un vídeo, leído tres titulares y encontrado a veinte mil personas repitiendo lo mismo para sentirse legitimado para explicar historia, economía, arquitectura, ciencia, política o cualquier otra cosa a millones de personas.

Y si alguien sabe realmente del asunto y contradice la narrativa, peor para él: probablemente tenga menos seguidores.

Ahí aparece una forma nueva de incultura: no saber que no sabes y, además, haber encontrado una comunidad que te confirma que sabes.

El problema ya no es solamente que existan noticias falsas. Es que estamos fabricando conocimiento mediante una cadena industrial de paráfrasis.

Alguien dice algo.

Otro lo resume.

Otro lo interpreta.

Otro lo convierte en titular.

Otro hace un vídeo explicándolo.

Cien mil personas comentan el vídeo.

Un medio informa de la polémica.

Y finalmente millones de personas discuten apasionadamente sobre algo que, en su origen, quizá no era cierto, ni importante, ni siquiera había ocurrido como ahora creen.

Hemos conseguido una proeza cultural extraordinaria: convertir la conversación sobre algo en prueba de que ese algo merece ser conocido.

La cantidad de gente hablando de una cosa se ha convertido en una especie de certificado de realidad.

Si diez personas hablan de ello, es anecdótico.

Si cien mil hablan de ello, es tendencia.

Si diez millones hablan de ello, debe ser importantísimo.

¿Y si simplemente son diez millones de personas equivocándose simultáneamente?

Ese es el agujero conceptual.

El algoritmo no necesita que algo sea verdad. Ni siquiera necesita que sea importante.

Necesita que provoque una reacción.

La indignación funciona mejor que la precisión. La simplificación funciona mejor que el contexto. La certeza funciona mejor que la duda. Y una opinión contundente funciona infinitamente mejor que un «no tengo suficiente información para saberlo».

La antigua cultura decía: «si quieres hablar con autoridad, demuestra que sabes».

La nueva cultura parece decir: «si suficientes personas te escuchan, ya tienes autoridad».

Y eso está cambiando nuestra definición de conocimiento.

Porque saber algo implica poder explicar de dónde viene, qué evidencia lo sostiene, qué contexto necesita, cuáles son sus límites y qué podría demostrar que estamos equivocados.

Repetir algo muchas veces no añade conocimiento.

Pero en internet sí añade visibilidad.

Y la visibilidad, poco a poco, empieza a ocupar el lugar de la autoridad.

Medir la incultura

Por eso quizá haya que dejar de medir la cultura de una sociedad preguntando únicamente cuánto sabe.

Hay que medir cuánto cree saber.

Podríamos construir un índice de incultura basado en la distancia entre conocimiento real y seguridad subjetiva: cuánto acierta una persona, cuánta confianza tiene en sus respuestas, si sabe identificar una fuente primaria, si distingue un hecho de una interpretación, si puede reconstruir el contexto de una afirmación y, sobre todo, si sabe reconocer cuándo no sabe.

La persona más peligrosa intelectualmente no es necesariamente la que menos sabe.

Es la que menos sabe y menos sospecha que no sabe.

Porque el ignorante tradicional tenía una limitación: sabía que había cosas que desconocía.

El nuevo inculto tiene algo mucho más poderoso:

un algoritmo que le proporciona inmediatamente una audiencia que confirma su ignorancia.

Y quizá esa sea la verdadera transformación cultural de las redes.

No han eliminado la ignorancia.

Han conseguido que la ignorancia pueda sentirse informada.