La posibilidad de un nuevo partido.

¿Y si el próximo partido no quisiera gobernar España, sino reconstruirla? Imagina un partido político que no empieza diciendo: somos de izquierdas somos de derechas somos liberales somos conservadores somos socialdemócratas somos patriotas Empieza con otra frase. El sistema operativo del Estado está obsoleto. No quiere ganar unas elecciones para ocupar la máquina. Quiere abrirla.…

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¿Y si el próximo partido no quisiera gobernar España, sino reconstruirla?

Imagina un partido político que no empieza diciendo:

somos de izquierdas

somos de derechas

somos liberales

somos conservadores

somos socialdemócratas

somos patriotas

Empieza con otra frase.

El sistema operativo del Estado está obsoleto.

No quiere ganar unas elecciones para ocupar la máquina.

Quiere abrirla.

Desmontarla.

Entender por qué tiene esas piezas.

Eliminar algunas.

Conectar otras.

Y volver a montarla.

No propone una reforma fiscal.

Propone revisar cómo existe fiscalmente el Estado.

No propone digitalizar trámites.

Pregunta por qué esos trámites siguen existiendo.

No quiere contratar mejor.

Quiere replantear qué significa contratar desde lo público.

No quiere discutir solamente cuánto dinero recibe un ayuntamiento.

Quiere preguntarse por qué determinadas competencias están en un ayuntamiento, otras en una diputación, otras en una comunidad autónoma, otras en un ministerio y otras repartidas entre cuatro administraciones que después necesitan una comisión para hablar entre ellas.

No quiere:

gestionar mejor España.

Quiere:

rediseñar la arquitectura sobre la que España se gestiona.

Partido.exe

Durante décadas la política democrática ha funcionado aproximadamente así.

Unos quieren:

más impuestos

más redistribución

más intervención pública

Otros:

menos impuestos

más mercado

menos regulación

Después llegan las elecciones.

Uno gana.

Mueve algunas palancas.

Cuatro años después llega otro.

Las mueve hacia el otro lado.

Pero casi nadie toca el cuadro eléctrico.

La Administración permanece.

Las capas permanecen.

Los procedimientos permanecen.

Las incompatibilidades permanecen.

Los formularios permanecen.

Las instituciones permanecen.

Los sistemas informáticos permanecen.

La forma de elaborar un presupuesto permanece.

El nuevo partido partiría de una pregunta bastante más incómoda.

¿Y si el problema no está solamente en las políticas que ejecutamos, sino en la máquina con la que intentamos ejecutarlas?

España funciona sobre código escrito durante décadas

No código informático.

Código institucional.

La Constitución de 1978.

Estatutos de autonomía.

Leyes orgánicas.

Leyes estatales.

Leyes autonómicas.

Reglamentos.

Ordenanzas.

Procedimientos.

Jurisprudencia.

Sistemas administrativos.

Miles de estructuras superpuestas.

Eso no significa que todo esté mal.

Muchísimas de esas capas existen por buenas razones:

garantías

control del poder

igualdad

seguridad jurídica

autonomía territorial

transparencia

derechos

Pero cada nueva solución institucional tiende a añadir algo.

Muy pocas veces elimina.

Resultado:

el Estado acumula historia.

Y la historia pesa.

Primera propuesta: reformar la Constitución

Aquí termina rápidamente la fantasía de las redes sociales.

Porque “reescribir la Constitución” no significa:

ganar unas elecciones

abrir Word

hacer una encuesta en Twitter

y pulsar guardar.

Una revisión total de la Constitución española tendría que seguir el procedimiento agravado del artículo 168.

Primero necesitaría el apoyo de dos tercios del Congreso y dos tercios del Senado.

Después se disolverían inmediatamente las Cortes.

Habría elecciones.

Las nuevas Cámaras tendrían que ratificar el proceso.

El nuevo texto tendría que conseguir nuevamente dos tercios en ambas cámaras.

Y finalmente tendría que aprobarse en referéndum.

Es probablemente uno de los procedimientos políticos más difíciles que existen en España.

Y esa es precisamente la idea.

Una Constitución no debería poder reescribirse porque un partido tuvo una buena noche electoral.

Pero imaginemos que existe ese consenso

¿Qué se revisaría?

Aquí es donde el nuevo partido dejaría de hablar como un partido convencional.

No empezaría discutiendo exclusivamente derechos o símbolos.

Empezaría por algo muchísimo menos emocionante.

Arquitectura.

¿Qué debe hacer el Estado?

¿Qué debe hacer una comunidad autónoma?

¿Qué debe hacer una diputación?

¿Qué debe hacer un ayuntamiento?

¿Qué debe hacerse una sola vez para todo el país?

¿Qué necesita adaptarse territorialmente?

¿Qué competencias están duplicadas?

¿Qué servicios podrían funcionar como infraestructuras comunes?

¿Qué decisiones tienen sentido cerca del ciudadano?

¿Qué decisiones necesitan escala?

Esto no es:

centralizar todo.

Ni:

descentralizar todo.

Es algo potencialmente más radical:

dejar de considerar la estructura territorial como un dogma y empezar a tratarla como un problema de diseño institucional.

Competencias según función, no según tradición

Imagina que cada competencia pública tuviera que superar una prueba.

Primera pregunta:

¿a qué escala funciona mejor?

Segunda:

¿necesita adaptación local?

Tercera:

¿genera economías de escala?

Cuarta:

¿necesita interoperabilidad nacional?

Quinta:

¿qué administración puede rendir cuentas mejor por ella?

El resultado podría ser extraño.

Algunas competencias subirían.

Otras bajarían.

Otras desaparecerían.

Otras serían compartidas.

Pero compartidas de verdad.

No:

cuatro organismos trabajando sobre lo mismo.

Sino:

una plataforma común, una responsabilidad clara y diferentes niveles de ejecución.

Gobierno como arquitectura.

No como organigrama.

Segundo: matar el trámite

La Administración digital actual comete a veces un error precioso.

Toma un procedimiento diseñado en 1997.

Lo convierte en PDF.

Le añade certificado digital.

Y anuncia:

TRANSFORMACIÓN DIGITAL.

No.

Eso es burocracia con WiFi.

La pregunta correcta no debería ser:

“¿Cómo digitalizamos este trámite?”

Sino:

“¿Por qué existe?”

Y después:

“¿Puede desaparecer?”

“¿Puede automatizarse?”

“¿Puede resolverse intercambiando datos entre administraciones?”

“¿Por qué el ciudadano debe demostrar al Estado algo que el propio Estado ya sabe?”

Aquí España no parte de cero.

La OCDE sitúa actualmente al país por encima de la media de sus miembros en gobierno digital, con resultados especialmente altos en diseño digital, uso de datos y servicios proactivos. También señala, sin embargo, margen de mejora en apertura y transparencia.

Así que el relato de:

“España vive en la Edad de Piedra administrativa”

sería falso.

La pregunta interesante es otra.

Si ya tenemos buena infraestructura digital:

¿podemos pasar de digitalizar el Estado a rediseñarlo?

Imagina una Administración que no pide documentos

Nacimiento.

El sistema actualiza automáticamente derechos y servicios asociados.

Creas una empresa.

Las administraciones relevantes comparten la información.

Cambias de domicilio.

Un cambio.

No ocho comunicaciones.

Solicitas una ayuda.

El sistema conoce, con autorización y garantías adecuadas, los datos que ya posee el sector público.

No tienes que volver a subir:

DNI

empadronamiento

certificados

declaraciones

documentos que otra Administración emitió hace seis meses

El principio sería sencillo:

el ciudadano no trabaja gratis como API entre instituciones públicas.

Si dos administraciones necesitan hablar:

que hablen.

Tercero: reconstruir cómo gastamos el dinero

Aquí empieza probablemente la parte más delicada.

Los presupuestos públicos suelen organizarse mediante:

capítulos

programas

departamentos

partidas

competencias

ejercicios fiscales

Todo necesario para controlar el dinero.

Pero controlar no es lo mismo que entender.

El partido hipotético podría proponer algo diferente.

Cada euro público debería poder responder digitalmente a varias preguntas.

¿De dónde salió?

¿Quién decidió gastarlo?

¿Para qué objetivo?

¿Quién lo recibió?

¿Qué contrato lo justificó?

¿Qué resultado produjo?

No solamente contabilidad.

Trazabilidad.

Una especie de:

GitHub del dinero público.

No para convertir la Administración en una blockchain absurda.

Sino para poder navegar desde:

100 millones aprobados en un presupuesto

hasta:

cada programa

cada contrato

cada modificación

cada adjudicación

cada indicador

cada resultado

Con datos públicos cuando legalmente corresponda.

Y controles reforzados donde haya información sensible.

Porque publicar un PDF de 800 páginas no es transparencia

Técnicamente puedes acceder a muchísima información pública.

Fantástico.

Ahora intenta entenderla.

La transparencia del futuro tendría que ser:

consultable

estructurada

comparable

machine-readable

auditable

visual

y accesible

No:

“aquí tienes un PDF, ciudadano. Buena suerte.”

La OCDE lleva años vinculando precisamente la modernización de compras públicas, presupuestos, regulación y gobierno digital con una mejor capacidad del Estado para producir resultados.

Cuarto: refundar la contratación pública

La Ley de Contratos del Sector Público intenta resolver un problema difícil:

que las administraciones gasten dinero público garantizando concurrencia, publicidad, igualdad, integridad y control.

Todo eso importa.

Muchísimo.

Pero ahora imagina diseñar el sistema desde cero para 2035.

¿Seguiríamos construyéndolo exactamente igual?

Probablemente no.

Porque la contratación moderna necesita comprar cosas que cambian rapidísimo:

software

IA

ciberseguridad

servicios digitales

innovación

prototipos

tecnología experimental

Y el Estado necesita simultáneamente:

ser rápido

ser justo

evitar corrupción

no favorecer empresas concretas

permitir competir a pymes

medir calidad

y no comprar basura

Bonito rompecabezas.

Contratación pública como sistema operativo

En lugar de miles de organizaciones resolviendo continuamente el mismo problema, podrías imaginar:

catálogos públicos compartidos

contratos modulares

identidad empresarial interoperable

documentación reutilizable

evaluaciones técnicas trazables

datos históricos de ejecución

indicadores abiertos

sistemas antifraude basados en análisis de patrones

IA asistiendo, no sustituyendo, decisiones administrativas

mercados dinámicos para determinados servicios

procesos específicos para innovación

y mecanismos mucho más simples para compras pequeñas

No se trataría de:

quitar controles.

Se trataría de conseguir algo bastante más difícil.

Más velocidad y más control a la vez.

Quinto: dejar de presupuestar únicamente organizaciones

Presupuestar problemas.

Esto sería un cambio conceptual enorme.

Hoy existe:

Ministerio X.

Departamento Y.

Programa Z.

El nuevo enfoque preguntaría:

¿Qué resultado queremos?

Por ejemplo:

reducir abandono escolar

mejorar productividad

reducir listas de espera

aumentar vivienda disponible

reducir emisiones

mejorar empleabilidad juvenil

Después:

¿qué administraciones participan?

¿Qué dinero existe?

¿Qué datos necesitamos?

¿Qué funciona?

¿Qué no?

¿Quién responde por el resultado?

Porque uno de los grandes problemas de los sistemas complejos es que puede ocurrir algo bastante absurdo.

Todos ejecutan correctamente su competencia y el problema sigue sin resolverse.

Sexto: ministros que no posean información

Esto suena raro.

Pero piensa.

Cada cambio de Gobierno puede implicar:

nuevas prioridades

nuevos equipos

nuevos cargos

nuevos sistemas

nuevas estrategias

La infraestructura crítica del Estado debería ser diferente.

Los datos públicos.

Los estándares.

Las APIs.

Los registros.

Las plataformas comunes.

La identidad digital.

Los sistemas de contratación.

La evaluación.

Todo eso debería funcionar como infraestructura institucional relativamente estable.

Gobierne quien gobierne.

Como las carreteras.

Solo que digitales.

La política decide dónde vamos.

La infraestructura garantiza que el vehículo arranca.

Séptimo: inteligencia artificial pública

Aquí aparecería inmediatamente el miedo.

“¿Una IA gobernando?”

No.

Eso sería otra cosa.

La idea sería utilizar inteligencia artificial como infraestructura auxiliar.

Detectar fraude.

Resumir expedientes.

Encontrar duplicidades.

Simular políticas.

Identificar normativa contradictoria.

Analizar compras.

Traducir.

Atender consultas.

Reducir carga administrativa.

Buscar anomalías presupuestarias.

Ayudar a funcionarios.

Pero existen decisiones que probablemente deberían permanecer inequívocamente humanas.

Derechos.

Sanciones.

Justicia.

Decisiones políticas.

Asignaciones delicadas.

Criterios distributivos.

Porque tecnología al servicio de lo colectivo no significa:

tecnocracia automática.

Significa utilizar mejores herramientas manteniendo responsabilidad democrática.

Y aquí aparece el problema del partido “sin ideología”

No existe realmente.

Puede no identificarse con izquierda o derecha.

Eso es diferente.

Porque decidir:

cuánto redistribuir

qué derechos garantizar

qué impuestos cobrar

qué servicios deben ser universales

qué nivel de autonomía territorial queremos

qué riesgos tecnológicos aceptamos

qué privacidad sacrificamos por eficiencia

qué papel debe tener el mercado

son decisiones políticas.

No existe una API que devuelva:

solución_correcta.json

Un ingeniero puede decirte cuál es la arquitectura más eficiente para recaudar un impuesto.

No puede decidir científicamente:

cuánto debe pagar alguien.

Eso depende de valores.

Así que el partido tendría ideología

Solo que quizá distinta.

Podría definirse alrededor de principios operativos.

Evidencia.

Libertad.

Equidad.

Responsabilidad.

Transparencia.

Subsidiariedad.

Experimentación.

Sostenibilidad.

Competencia.

Protección social.

Innovación.

Evaluación.

No son soluciones automáticas.

Son reglas para decidir.

Y cuando entren en conflicto:

habrá política.

Porque siempre la hay.

El Parlamento podría convertirse en laboratorio

Imagina otro cambio.

Una ley no se aprueba y después simplemente existe durante quince años.

Se aprueba con:

objetivos

indicadores

datos de partida

mecanismos de evaluación

fecha de revisión

experimentos piloto cuando proceda

y una cláusula clara sobre qué ocurrirá si no funciona

Ley 1.0.

Medición.

Ley 1.1.

Corrección.

No para convertir derechos fundamentales en pruebas A/B.

Sino para reconocer algo bastante evidente:

los gobiernos también se equivocan.

Y tener un sistema que aprende puede ser mejor que uno obligado a fingir que cada ley fue perfecta desde el principio.

Octavo: política como repositorio abierto

Otra locura.

Todo partido publica un programa.

Después llega al Gobierno.

Y cuatro años después discutimos:

“han cumplido”

“no han cumplido”

“depende”

Imagina un programa político versionado.

Cada compromiso:

estado

coste estimado

plazo

indicador

responsable

dependencias

cambios

motivo del cambio

Datos abiertos.

Historial.

Como software.

No:

“prometimos esto pero las circunstancias…”

Sino:

commit 4328

Objetivo modificado.

Motivo.

Informe.

Votación.

Historial disponible.

Y entonces el ciudadano dejaría de votar solamente relatos

Podría votar arquitecturas.

Modelo A.

Modelo B.

Resultados.

Costes.

Trade-offs.

Eso no eliminaría:

populismo

emociones

ideología

propaganda

intereses

Nunca desaparecerán.

Somos humanos.

Pero quizá podríamos aumentar el porcentaje de política basado en:

sistemas que pueden comprobarse.

La revolución no sería tecnológica

Ese es el giro.

Tenemos tecnología suficiente para hacer una parte considerable de esto.

Identidad digital.

Cloud.

APIs.

IA.

Datos abiertos.

Firmas electrónicas.

Automatización.

Sistemas distribuidos.

Analítica.

La dificultad principal probablemente no sería:

cómo.

Sería:

quién acepta perder competencias.

Ahí está el monstruo.

Una reforma real del Estado implicaría que algunas instituciones:

perderían funciones

perderían presupuesto

perderían organismos

perderían cargos

perderían capacidad de decisión

Y los sistemas tienen una habilidad extraordinaria:

defender su propia existencia.

Por eso un partido así tendría que venir de fuera

Al menos esa sería su narrativa.

Ingenieros.

Funcionarios.

Empresarios.

Juristas.

Médicos.

Economistas.

Profesores.

Científicos.

Trabajadores sociales.

Arquitectos.

Expertos en datos.

Especialistas en contratación.

Personas que han tenido que utilizar la máquina.

No necesariamente para sustituir políticos por técnicos.

Eso también sería peligroso.

Sino para introducir una pregunta diferente:

“Si pudiéramos construir esto hoy, ¿lo construiríamos así?”

Si la respuesta es no:

¿por qué seguimos manteniéndolo?

El objetivo no sería un Estado pequeño

Ni grande.

Esta distinción se quedaría corta.

Sería:

un Estado capaz.

Puedes tener un Estado grande e inútil.

Uno pequeño e inútil.

Uno grande y eficaz.

Uno pequeño y eficaz.

El tamaño es una decisión política.

La capacidad es otra cosa.

Que cuando decida:

pueda ejecutar.

Que cuando gaste:

pueda medir.

Que cuando falle:

pueda saberlo.

Que cuando un ciudadano necesite algo:

no tenga que entender el organigrama interno del Estado para conseguirlo.

El ciudadano no debería saber quién tiene la competencia

Esta idea parece una herejía administrativa.

“Eso es competencia autonómica.”

“Eso corresponde al ayuntamiento.”

“Eso depende del Estado.”

Perfecto.

Que lo sepa la Administración.

El ciudadano tiene un problema.

Entra en una única puerta.

El sistema decide internamente:

quién resuelve

quién paga

quién tramita

quién controla

El ciudadano recibe:

estado

plazo

responsable

resultado

No debería necesitar un máster en Derecho Administrativo para pedir una ayuda.

Gobierno como plataforma

Curiosamente, esto ya no es ciencia ficción administrativa.

La propia OCDE utiliza el concepto de Government as a Platform para medir la madurez digital de los Estados, y España obtuvo en 2025 una puntuación de 0,74 en esa dimensión, ligeramente por encima de la media de la OCDE.

La pregunta radical sería:

¿qué ocurre si llevamos esa lógica hasta sus últimas consecuencias?

No varias administraciones ofreciendo portales.

Sino:

una infraestructura pública compartida sobre la que distintas administraciones prestan servicios.

Como Internet.

Nadie necesita saber por qué routers pasó este texto.

Funciona.

¿Podría existir ese partido?

Sí.

Presentarse a unas elecciones es la parte fácil.

Reformar totalmente la Constitución sería otra historia.

El diseño constitucional español obliga deliberadamente a construir un consenso gigantesco para una revisión total: dos tercios de ambas Cámaras, elecciones, una segunda aprobación por dos tercios y referéndum.

Eso implica una realidad incómoda.

Ese partido no podría “refundar España” solo.

Aunque ganara.

Necesitaría convencer a una parte enorme del país y a fuerzas políticas muy diferentes.

Quizá esa sería precisamente su primera prueba.

Si tu arquitectura solo funciona cuando tú tienes todo el poder, probablemente no has diseñado una democracia mejor.

Has diseñado otra cosa.

Tal vez el partido realmente nuevo no sea el que tenga nuevas respuestas

Sino nuevas preguntas.

¿Por qué existe este trámite?

¿Por qué este organismo?

¿Por qué estos datos no se comunican?

¿Por qué compramos así?

¿Por qué medimos esto?

¿Por qué una subvención funciona de esta manera?

¿Por qué el presupuesto tiene esta estructura?

¿Por qué una competencia está aquí?

¿Por qué seguimos haciendo algo porque siempre se hizo así?

Y la pregunta más peligrosa de todas:

¿qué eliminarías si hoy tuvieras que construir el Estado desde una página en blanco?

No para borrar derechos.

No para borrar historia.

No para convertir un país en una startup.

Un Estado no es una empresa.

Los ciudadanos no son clientes.

La democracia no es un dashboard.

Y la eficiencia no es el único valor que importa.

Pero tampoco deberíamos cometer el error contrario.

Que algo sea público no significa que tenga derecho a funcionar mal para siempre.

Quizá el próximo gran movimiento político no nazca alrededor de:

izquierda contra derecha.

Sino alrededor de otra división.

Los que consideran que las instituciones existentes solo necesitan ser gestionadas mejor.

Y los que creen que algunas necesitan ser:

rediseñadas desde sus cimientos.

La Constitución española nació en 1978.

Internet comercial todavía no existía.

No existían smartphones.

No existía cloud computing.

No existía inteligencia artificial generativa.

No existía identidad digital.

No existían administraciones capaces de intercambiar datos instantáneamente.

Eso no vuelve obsoleta automáticamente una Constitución.

Los derechos fundamentales no caducan porque aparezca un nuevo procesador.

Pero sí abre una pregunta legítima para cualquier generación.

¿La arquitectura institucional diseñada para el siglo XX sigue siendo la arquitectura que queremos para el XXI?

Ese partido no prometería construir el futuro.

Prometería algo bastante menos épico y probablemente bastante más difícil.

Reconstruir la máquina con la que intentaremos llegar hasta él.