Hay algo profundamente tranquilizador en pensar que todo es una conspiración.

Una conspiración tiene autores. Tiene despachos. Tiene culpables. Tiene una intención. Y, sobre todo, tiene una enorme ventaja psicológica: nos permite seguir viviendo exactamente igual.
El cambio climático, en cambio, tiene una característica mucho más desagradable.
No necesita que creas en él.
Podemos discutir si los gobiernos exageran. Podemos sospechar de las empresas que han descubierto súbitamente que pintar de verde sus productos mejora la cuenta de resultados. Podemos reírnos del político que llega en coche oficial a una conferencia sobre descarbonización. Podemos investigar cuánto dinero mueve la transición energética. Podemos denunciar el greenwashing, la hipocresía institucional, los fondos europeos oportunistas, los impuestos mal diseñados y las empresas que ayer contaminaban orgullosamente y hoy patrocinan congresos sobre sostenibilidad.
Podemos hacerlo.
De hecho, debemos hacerlo.
Pero hay un pequeño problema.
Nada de eso modifica la temperatura del planeta.
La conspiración perfecta
Supongamos por un momento que existe una gigantesca conspiración climática.
Hagámoslo en serio.
Miles de científicos coordinados. Universidades de países enfrentados políticamente falsificando resultados compatibles. Satélites manipulados. Boyas oceánicas amañadas. Estaciones meteorológicas trucadas. Gobiernos conservadores, progresistas, autoritarios, liberales y comunistas participando en una coreografía planetaria sorprendentemente disciplinada.
China mintiendo junto a Estados Unidos.
Estados Unidos mintiendo junto a Europa.
Europa mintiendo junto a Rusia.
Las agencias espaciales, los institutos meteorológicos, las universidades y miles de investigadores sosteniendo durante décadas una ficción extraordinariamente compleja.
Todo para convencernos de que hace más calor.
Es una hipótesis fascinante.
Tiene únicamente un inconveniente:
también habría que convencer al planeta para que colaborase.
Habría que pedirle a los glaciares que retrocedieran.
A los océanos que acumularan calor.
A numerosas especies que modificaran sus ciclos biológicos.
A las masas de hielo que perdieran volumen.
A los récords de temperatura que aparecieran con una frecuencia incómoda.
Y al CO₂ atmosférico que siguiera aumentando exactamente cuando nuestra civilización decidió quemar cantidades gigantescas de carbono almacenado durante millones de años.
La conspiración empieza a exigir demasiados cómplices.
Algunos ni siquiera son humanos.
Pero también existe el negocio climático
Aquí aparece la parte que muchos defensores de la causa climática prefieren esquivar.
Sí, alrededor del cambio climático existen intereses.
Muchísimos.
Hay empresas haciendo negocio.
Hay subvenciones absurdas.
Hay consultoras vendiendo humo sostenible.
Hay gobiernos utilizando el clima para justificar políticas discutibles.
Hay fondos de inversión buscando rentabilidad.
Hay campañas publicitarias que convierten una reducción marginal de emisiones en una epopeya corporativa.
Hay políticos encantados de fotografiarse plantando árboles mientras aprueban decisiones mucho menos fotogénicas en sentido contrario.
Y probablemente habrá corrupción, incompetencia, oportunismo y exageraciones.
Bienvenidos a la humanidad.
La existencia de intereses alrededor de un problema no demuestra que el problema sea falso.
Las farmacéuticas ganan dinero con el cáncer.
Eso no demuestra que el cáncer sea una conspiración.
Las empresas de seguridad ganan dinero con los robos.
Eso no significa que nadie robe.
Las constructoras ganan dinero después de un terremoto.
El terremoto no pertenece al departamento comercial.
Confundir el negocio creado alrededor de un fenómeno con la inexistencia del fenómeno es uno de los trucos intelectuales más cómodos de nuestra época.
Porque nos permite desacreditar una realidad sin tener que discutir sus evidencias.
Nos hemos refugiado en la palabra «clima»
Quizá parte del problema sea lingüístico.
«Cambio climático» suena extraordinariamente inocente.
Cambio.
Como cambiar de teléfono.
Cambiar de estación.
Cambiar de trabajo.
Pero el problema no consiste simplemente en que dentro de cincuenta años Bilbao tenga unos grados más y podamos tomarnos una cerveza en terraza en diciembre.
El clima es una infraestructura.
Probablemente la infraestructura más importante que tenemos.
Antes que las carreteras.
Antes que Internet.
Antes que la electricidad.
Nuestra agricultura, nuestras ciudades, nuestros embalses, nuestras costas, nuestros seguros, nuestras cadenas alimentarias y buena parte de nuestra economía fueron construidos suponiendo una determinada estabilidad climática.
Durante miles de años levantamos una civilización sobre unas reglas ambientales relativamente reconocibles.
Ahora estamos modificando esas reglas.
Y estamos descubriendo algo bastante humillante:
la civilización tecnológica más sofisticada de la historia sigue dependiendo de que llueva más o menos donde debe llover.
Tenemos inteligencia artificial.
Tenemos cohetes reutilizables.
Podemos editar genes.
Podemos fabricar chips con estructuras diminutas.
Pero si durante demasiado tiempo no llueve en determinados territorios, empezamos a mirar nerviosamente los embalses.
Eso debería rebajar ligeramente nuestra arrogancia como especie.
El negacionismo más peligroso ya no consiste en negar
Aquí está probablemente la discusión interesante.
El viejo negacionismo decía:
«Esto no está ocurriendo».
Ese discurso resulta cada vez más difícil de sostener frente al conjunto de observaciones acumuladas.
Pero ha aparecido otro mucho más sofisticado.
«Sí, ocurre, pero tampoco será para tanto».
Ese es extraordinariamente eficaz.
Porque permite aceptar intelectualmente el problema y continuar comportándonos como si no existiera.
Sabemos que ocurre.
Pero compramos viviendas, diseñamos ciudades, construimos infraestructuras, producimos alimentos, aseguramos propiedades y planificamos inversiones como si las próximas décadas fueran una repetición estadística de las anteriores.
Es una forma fascinante de esquizofrenia colectiva.
Aceptamos el cambio climático como información y lo rechazamos como consecuencia.
Está en nuestras noticias.
Pero todavía no está suficientemente en nuestras decisiones.
El problema tampoco es que mañana llegue el apocalipsis
Otra estupidez habitual consiste en presentar únicamente dos posibilidades.
O no ocurre nada.
O Mad Max el jueves.
La realidad suele ser bastante menos cinematográfica y bastante más cara.
El cambio climático no necesita destruir la civilización para convertirse en un problema monumental.
Le basta con aumentar probabilidades.
Un poco más de calor aquí.
Una sequía más persistente allí.
Una precipitación extrema más intensa.
Una cosecha peor.
Una infraestructura diseñada para unas condiciones que empiezan a dejar de ser las habituales.
Un seguro que deja de ser rentable.
Una costa donde defender determinadas propiedades empieza a costar demasiado.
Un sistema eléctrico sometido a nuevas tensiones.
Una cadena alimentaria algo más frágil.
Y después otra anomalía.
Y otra.
Y otra.
La palabra importante no es «apocalipsis».
Es fricción.
Estamos introduciendo fricción física en sistemas económicos extraordinariamente complejos.
Y cada décima adicional importa porque desplaza probabilidades.
Y aquí llega la pregunta desagradable
¿Qué ocurre si los científicos están equivocados en parte?
Perfecto.
La ciencia se equivoca.
Los modelos tienen incertidumbre.
Las predicciones se corrigen.
Eso no es una debilidad de la ciencia.
Es exactamente su mecanismo de funcionamiento.
Pero imaginemos incluso que algunas proyecciones fueran demasiado pesimistas.
Entonces habremos acelerado energías renovables, electrificación, eficiencia energética, almacenamiento, nuevas redes eléctricas, mejores edificios, tecnologías industriales más eficientes y una menor dependencia de combustibles fósiles importados.
No parece exactamente el peor desastre económico imaginable.
Ahora hagamos la apuesta contraria.
Imaginemos que decidimos que todo está exagerado.
Seguimos igual durante treinta años.
Y resulta que la física tenía razón.
Esa apuesta es bastante más interesante.
Porque hay decisiones que pueden revertirse.
Y hay procesos que, una vez desencadenados o consolidados, son mucho más difíciles, lentos o caros de corregir.
Por eso la discusión climática debería abandonar parte de su moralismo.
No necesitamos salvar al planeta.
El planeta sobrevivió a cosas bastante peores que nosotros.
Estamos intentando conservar unas condiciones razonablemente cómodas para nuestra propia civilización.
La Tierra seguirá aquí.
La pregunta es cuánto nos costará seguir estando nosotros como estamos.
El futuro no debería ser una penitencia
Aquí también hemos cometido un error monumental.
Durante demasiado tiempo se ha explicado la transición climática como una gigantesca lista de cosas que tendremos que dejar de hacer.
No viajes.
No conduzcas.
No consumas.
No comas esto.
No hagas aquello.
Culpa.
Restricción.
Sacrificio.
Pecado.
Así es difícil construir una transformación social.
Quizá el futuro tenga que plantearse exactamente al revés.
Más energía.
Pero limpia.
Más movilidad.
Pero eficiente.
Más industria.
Pero tecnológicamente superior.
Más ciudades.
Pero adaptadas a temperaturas diferentes.
Más agricultura.
Pero mucho más precisa.
Más redes eléctricas.
Más almacenamiento.
Más investigación.
Más nuclear donde tenga sentido.
Más renovables donde funcionen.
Más tecnología.
Más adaptación.
Más ciencia.
Y bastante menos religión política alrededor de todo ello.
Porque la transición ecológica no debería consistir en regresar al siglo XIX.
Debería consistir en construir el siglo XXI.
También tendremos que adaptarnos
Hay otra palabra que durante años pareció casi prohibida.
Adaptación.
Como si prepararse para las consecuencias significara rendirse.
Es absurdo.
Incluso reduciendo radicalmente las emisiones, parte del cambio ya está incorporado al sistema.
Por tanto tendremos que hacer simultáneamente dos cosas.
Reducir el problema futuro.
Y prepararnos para el problema presente.
Eso significa revisar ciudades, costas, agua, agricultura, bosques, infraestructuras, edificios, sistemas sanitarios, seguros y protección civil.
Y hacerlo sin convertir cada decisión en una guerra cultural.
Porque un termómetro no sabe si votas a la izquierda o a la derecha.
Una inundación tampoco.
Quizá el verdadero problema seamos nosotros
Nos gusta pensar que somos racionales.
No lo somos demasiado.
Somos excelentes reaccionando ante un tigre.
Somos bastante peores reaccionando ante una curva.
Si algo nos amenaza mañana, actuamos.
Si algo aumenta lentamente la probabilidad de una catástrofe durante treinta años, organizamos un debate televisivo.
Necesitamos enemigos con rostro.
El clima no tiene ninguno.
No tiene presidente.
No tiene sede.
No tiene portavoz.
No puedes insultarlo en Twitter.
No puedes derrotarlo en unas elecciones.
Y quizá por eso hemos convertido una cuestión física en una guerra identitaria.
Unos necesitan creer que estamos ante el fin del mundo.
Otros necesitan creer que todo es mentira.
Mientras tanto, la atmósfera permanece completamente indiferente a ambos.
Dentro de cincuenta años
Quizá nuestros nietos miren esta época con una mezcla de fascinación y desprecio.
Tendrán acceso a nuestros artículos.
A nuestros debates.
A nuestros informes.
A nuestros datos.
Sabrán exactamente qué información teníamos.
Y quizá se hagan una pregunta bastante sencilla:
«Si lo sabían, ¿por qué tardaron tanto?»
Podremos responderles que discutíamos.
Que había intereses.
Que existían dudas.
Que algunos políticos exageraban.
Que otros mentían.
Que las empresas hacían greenwashing.
Que los activistas eran insoportables.
Que las redes sociales estaban polarizadas.
Que cambiar era caro.
Todo será cierto.
Y probablemente nada será suficiente.
Porque existe una diferencia enorme entre no saber algo y decidir no mirar.
La primera es ignorancia.
La segunda es una elección.
Y quizá ese sea finalmente nuestro verdadero problema climático.
No que nos falten datos.
No que nos falte tecnología.
Ni siquiera que nos falte dinero.
Es que estamos esperando una evidencia tan gigantesca que resulte imposible ignorarla.
Y cuando llegue ese momento, posiblemente la llamaremos catástrofe.
El clima no necesita que creamos en él.
Nosotros, en cambio, necesitamos empezar a creer un poco más en las consecuencias de nuestros propios actos.



