Hay una escena que se repite todos los días.
Alguien dice algo sobre inmigración.
Fascista.
Alguien propone intervenir el mercado de la vivienda.
Comunista.
Alguien cuestiona una política feminista.
Ultraderecha.
Alguien habla de nacionalizar un sector estratégico.
Extrema izquierda.
Alguien critica al Gobierno.
Golpista.
Alguien critica a la oposición.
Antidemócrata.
Y así hemos conseguido una cosa bastante extraordinaria:
utilizar palabras que describían proyectos políticos extremos como si fueran emojis.
Fascista.
Rojo.
Franquista.
Comunista.
Ultra.
Bolivariano.
Nazi.
Todo sirve.
Todo significa algo.
Y precisamente por eso empieza a no significar nada.
PRIMER PROBLEMA: FASCISMO NO SIGNIFICA “DERECHA QUE NO ME GUSTA”
El fascismo tiene una historia bastante concreta.
Los estudios históricos lo describen como una tradición política ultranacionalista y autoritaria, hostil al pluralismo y a la democracia liberal, que sitúa la nación por encima del individuo y que históricamente estuvo asociada al liderazgo autoritario, la movilización de masas, el militarismo y la legitimación de la violencia política.
Eso es fascismo.
No:
bajar impuestos
estar contra una ley
querer endurecer la política migratoria
defender la unidad de España
ser conservador
decir una barbaridad en Twitter
Puede haber posiciones de extrema derecha que compartan elementos con tradiciones fascistas.
Puede haber movimientos ultranacionalistas o autoritarios.
Pero si todo es fascismo, nada es fascismo.
Y eso tiene una consecuencia paradójica.
Cuando aparece algo realmente antidemocrático, ya hemos gastado la palabra veinte mil veces.
SEGUNDO PROBLEMA: EXTREMA IZQUIERDA TAMPOCO SIGNIFICA “IZQUIERDA QUE ME MOLESTA”
Algo similar ocurre en el otro extremo.
La literatura académica distingue habitualmente entre una izquierda radical que busca transformar profundamente el capitalismo dentro de marcos democráticos y una extrema izquierda más hostil a la democracia liberal, al pluralismo político o al compromiso con el sistema económico existente.
Eso tampoco significa que toda propuesta de izquierdas sea extrema.
Subir impuestos.
Ampliar servicios públicos.
Regular alquileres.
Defender sindicatos.
Aumentar gasto social.
Crear empresas públicas.
Todo eso puede discutirse económicamente.
Pero no convierte automáticamente a alguien en revolucionario marxista.
Sin embargo, Internet funciona mucho mejor si fingimos que sí.
PORQUE EL PRODUCTO YA NO ES LA POLÍTICA
Es la identidad.
Antes alguien podía pensar:
“Estoy de acuerdo con esta medida y en desacuerdo con esta otra.”
Ahora cada vez más la lógica es:
“Yo soy de los buenos y tú eres de los otros.”
Eso tiene nombre.
Polarización afectiva.
No consiste necesariamente en que nuestras propuestas políticas estén cada vez más alejadas.
Consiste en algo potencialmente más corrosivo:
que nos guste cada vez menos la gente del otro bloque.
Una revisión académica publicada en 2026 sobre la investigación de polarización en España señala precisamente el creciente peso de la polarización política y afectiva durante los últimos años. Otro estudio longitudinal sobre 2020-2025 encuentra una percepción sostenida de mayor división social y confirma que el eje izquierda-derecha sigue organizando gran parte de esta confrontación emocional.
La política deja entonces de responder a:
“¿Qué opinas?”
Y empieza a responder a:
“¿Quién eres?”
Y ESO CAMBIA TODO
Porque puedes negociar una opinión.
Es mucho más difícil negociar una identidad.
Si pienso que estás equivocado sobre impuestos:
podemos discutir.
Si pienso que eres fascista:
¿qué hay que discutir?
Si considero que tu propuesta económica es mala:
puedo intentar convencerte.
Si considero que eres comunista y quieres destruir mi país:
convencerte deja de tener sentido.
El adversario se convierte en amenaza.
Y ese salto psicológico importa muchísimo.
INTERNET DESCUBRIÓ ALGO MUY RENTABLE
El enemigo genera engagement.
Un político moderado diciendo:
“Este problema es complejo y probablemente haya argumentos razonables en ambos lados”
tiene un pequeño inconveniente.
Es contenido desastroso.
En cambio:
“LA IZQUIERDA QUIERE DESTRUIR ESPAÑA”
funciona.
“LA ULTRADERECHA VIENE A QUITARTE TUS DERECHOS”
también.
La arquitectura de las redes recompensa:
indignación
conflicto
certeza
tribu
enemigo
humillación
Porque una persona enfadada:
comenta.
Comparte.
Responde.
Vuelve.
La crispación tiene mejores métricas que la duda.
EL ALGORITMO NO NECESITA QUE ODIES AL OTRO
Solo necesita que no puedas dejar de mirarlo.
Y entonces ocurre algo bastante perverso.
Si eres de izquierdas, una parte del contenido que recibes sobre la derecha será probablemente el contenido más extremo, absurdo o indignante producido por alguien de derechas.
Si eres de derechas, ocurre exactamente lo contrario.
No ves al votante medio.
Ves:
al más histérico
al más radical
al más viral
al más ofensivo
Y después tu cerebro hace algo bastante humano.
Dice:
“Ah. Así son ellos.”
La investigación española sobre percepciones políticas erróneas ya ha encontrado relaciones entre estas distorsiones sobre los votantes de otros partidos y sentimientos de rechazo hacia grupos políticos rivales.
No discutimos contra el adversario real.
Discutimos contra una caricatura algorítmica del adversario.
EL FASCISTA IMAGINARIO
Imagina a alguien de izquierdas.
Consume durante meses vídeos de:
comentarios racistas
franquistas
neonazis
agresiones
políticos diciendo barbaridades
clips descontextualizados
Y acaba llegando a una conclusión.
“La derecha es esto.”
Ahora imagina a alguien de derechas.
Su feed contiene:
ocupaciones
banderas soviéticas
activistas justificando dictaduras
insultos a empresarios
ataques a la Policía
declaraciones maximalistas
Conclusión:
“La izquierda es esto.”
Los dos están observando cosas reales.
El error aparece cuando creen que esas piezas describen el conjunto.
Es como intentar entender España viendo exclusivamente sucesos.
Todo ocurrió.
Pero eso no significa que eso sea España.
LA PALABRA CLAVE ES “ELLOS”
Ellos quieren destruir España.
Ellos quieren acabar con tus derechos.
Ellos odian a los empresarios.
Ellos odian a los inmigrantes.
Ellos controlan los medios.
Ellos controlan los jueces.
Ellos son ignorantes.
Ellos son totalitarios.
Ellos.
Ellos.
Ellos.
Una democracia empieza a tener problemas cuando dejamos de describir adversarios políticos y empezamos a construir categorías morales de ciudadanos.
Los buenos.
Y los malos.
Y AQUÍ APARECE LA PARTE QUE SÍ DEBERÍA PREOCUPARNOS
España no está, según la evidencia disponible, “al borde de una guerra civil”.
No hay base seria para describir la situación actual como comparable a 1936.
El Estado funciona.
Hay elecciones competitivas.
Los gobiernos cambian mediante votos.
Los partidos de distinto signo gobiernan comunidades y ayuntamientos.
Las Fuerzas Armadas están bajo control constitucional.
La violencia política organizada no estructura la competición electoral.
Comparar automáticamente el presente con una guerra civil banaliza además las condiciones extremas que precedieron a aquel conflicto.
Pero eso no significa que todo vaya bien.
En 2025, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad investigaron 2.417 delitos e incidentes de odio, un 23,6% más que el año anterior y la cifra más alta desde que comenzó la serie en 2014. Los hechos clasificados por motivación ideológica fueron 241 y aumentaron un 64%.
Eso no demuestra que España se dirija hacia una guerra civil.
Demuestra algo más concreto:
la hostilidad social no es solamente un fenómeno de Twitter.
Y EXISTE OTRA SEÑAL MÁS SILENCIOSA
Un estudio publicado en 2026 en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas analizó la relación entre polarización afectiva y preferencias autoritarias en España.
Su conclusión es incómoda.
A mayores niveles de polarización afectiva, mayor asociación con la aceptación de alternativas menos democráticas.
Ahí está quizá la verdadera frontera.
Una democracia no empieza a romperse cuando dos personas discuten.
Ni cuando un diputado insulta a otro.
Ni cuando Twitter arde.
Empieza a deteriorarse cuando suficientes ciudadanos llegan a pensar:
“Si los míos tienen que saltarse alguna regla para impedir que gobiernen los otros, quizá esté bien.”
Ese cambio parece pequeño.
No lo es.
PORQUE TODOS SOMOS DEMÓCRATAS CUANDO GANAMOS
El test interesante llega cuando perdemos.
Cuando gana alguien que detestamos.
Cuando aprueba algo que consideramos profundamente equivocado.
Cuando controla una institución.
Cuando cambia una ley.
Ahí aparece la pregunta democrática más importante:
¿sigues aceptando las reglas cuando producen un resultado que odias?
Porque si la respuesta empieza a convertirse en:
“Sí, excepto cuando ganan ellos”
entonces tenemos un problema bastante más serio que cualquier discusión izquierda-derecha.
TAMBIÉN ESTAMOS CONFUNDIENDO RADICALIDAD CON ILEGITIMIDAD
Una persona puede defender una política que consideres radical.
Eso no significa automáticamente que carezca de derecho a defenderla.
Una democracia puede contener:
conservadores
socialdemócratas
liberales
comunistas democráticos
nacionalistas
radicales de izquierda
derecha populista
independentistas
ecologistas
Siempre que acepten las reglas democráticas.
El pluralismo precisamente consiste en soportar la existencia política de personas que creen cosas que consideras profundamente equivocadas.
Democracia no significa que gobiernen los sensatos.
Significa que nadie posee permanentemente el derecho exclusivo a decidir quiénes son los sensatos.
EL PROBLEMA NO ES QUE EXISTAN EXTREMOS
Siempre han existido.
El problema aparece cuando el centro emocional desaparece.
No el centro ideológico.
Puedes ser muy de izquierdas.
O muy de derechas.
Y seguir entendiendo que el otro:
no es un enemigo
no es necesariamente malvado
no debe ser expulsado del sistema
puede tener alguna razón
y tiene derecho a votar exactamente lo contrario que tú
Ese pequeño conjunto de ideas parece banal.
En realidad es la infraestructura invisible de una democracia.
ESPAÑA YA SABE LO QUE OCURRE CUANDO ESA INFRAESTRUCTURA DESAPARECE
Aquí nuestra historia pesa.
Tenemos una Guerra Civil incrustada en la memoria colectiva.
Por eso ambos lados utilizan constantemente metáforas de los años treinta.
Fascismo.
Franquismo.
Comunismo.
Golpe.
Dictadura.
Guerra.
Pero existe una diferencia enorme entre utilizar la historia para comprender el presente y utilizarla para convertir al adversario actual en heredero moral del enemigo histórico.
Porque entonces dejamos de discutir con Pedro.
Discutimos con Franco.
Dejamos de discutir con María.
Discutimos con Stalin.
Y Franco y Stalin tienen una característica extraordinaria.
Es bastante difícil negociar con ellos.
QUIZÁ LA GUERRA CIVIL QUE SÍ ESTÁ OCURRIENDO SEA OTRA
No con fusiles.
Con percepciones.
Una guerra por definir:
quién pertenece
quién es legítimo
quién puede hablar
quién es democrático
quién representa realmente al país
quién es el enemigo
Cada bloque construye una España imaginaria.
Y cada una empieza a parecer incompatible con la otra.
Eso no es una guerra civil.
Pero sí puede convertirse en una sociedad donde millones de personas conviven físicamente mientras habitan realidades políticas diferentes.
Y EL NEGOCIO FUNCIONA
Porque la reconciliación es aburrida.
La polarización vende.
Vende periódicos.
Vende podcasts.
Vende votos.
Vende suscripciones.
Vende vídeos.
Vende identidad.
Vende pertenencia.
Y existe una cosa que vende especialmente bien:
hacerte creer que tú estás viendo la realidad y el otro está manipulado.
El de izquierdas piensa:
“Ellos están intoxicados por bulos.”
El de derechas piensa:
“Ellos están intoxicados por propaganda.”
Los dos sostienen el móvil.
Los dos están dentro de un algoritmo.
Los dos creen haber escapado.
TAL VEZ LA PREGUNTA MÁS IMPORTANTE NO SEA QUIÉN ES FASCISTA
Ni quién pertenece a la extrema izquierda.
Es:
¿qué tendría que hacer mi propio bando para que yo dijera basta?
Esa pregunta es muchísimo más difícil.
Porque exige aplicar a los tuyos exactamente el mismo estándar democrático que aplicas a los otros.
Defender jueces independientes cuando fallan contra ti.
Defender libertad de expresión cuando habla alguien que detestas.
Condenar violencia aunque la ejerza alguien de tu causa.
Rechazar corrupción aunque beneficie a tu partido.
Aceptar resultados electorales aunque pierdas.
No justificar autoritarismo porque venga envuelto en tu bandera.
Esa es probablemente la línea realmente importante.
No izquierda.
No derecha.
Democracia o tribalismo.
España no está al borde de una guerra civil.
Pero existe una pregunta que quizá merezca bastante más atención:
¿cuánto tiempo puede una sociedad llamar enemigo a la mitad de sí misma antes de empezar a comportarse como si realmente lo fuera?



