VOTO in-útil.

En 1977 el voto útil podía significar entrar. En 2015 podía significar desbloquear. En 2019 podía significar abandonar una opción que había dejado de convencer. En 2023 podía significar construir una mayoría después de perder en votos. Francisco Jurado. La campaña del 29-N vuelve a vender una mercancía conocida: el voto útil. Útil para echar…

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En 1977 el voto útil podía significar entrar. En 2015 podía significar desbloquear. En 2019 podía significar abandonar una opción que había dejado de convencer. En 2023 podía significar construir una mayoría después de perder en votos.

Francisco Jurado.

La campaña del 29-N vuelve a vender una mercancía conocida: el voto útil. Útil para echar a Sánchez, útil para frenar a Vox, útil para impedir que gobierne la derecha, útil para que la izquierda no desaparezca, útil para que una sigla pequeña no se quede fuera. La palabra parece neutra, casi matemática, pero no lo es. Cada partido define como “útil” el voto que mejora su posición. El Congreso tiene 350 escaños y la mayoría absoluta está en 176, así que votar no consiste únicamente en señalar quién te gusta más: consiste también en decidir qué bloque quieres fortalecer, cuánto poder quieres conceder a cada socio y a quién quieres sentado en la mesa cuando llegue la investidura. El promedio de encuestas de RTVE sitúa ahora al PP alrededor de 135 escaños, Vox en torno a 65 y al PSOE alrededor de 106, mientras Frente Amplio quedaría cerca de 11 y Podemos de 2; el CIS, en cambio, ofrece una fotografía mucho más favorable al PSOE y lo sitúa claramente por delante en estimación de voto. Ninguna de esas cifras es un resultado: son fotografías de un electorado todavía en movimiento. Lo único completamente seguro es que 176 sigue siendo la cifra que separa ganar de poder gobernar. RTVE.es

La ola política que ha barrido aquella vieja playa del centro no ha creado exactamente dos costas perfectamente opuestas. Ha dejado algo más desordenado. A la derecha, PP y Vox compiten por una parte del mismo electorado mientras empiezan a explorar fórmulas de cooperación donde la aritmética lo exige: Feijóo ha confirmado negociaciones con Vox para evitar que la división del voto permita al bloque de PSOE y Frente Amplio dominar el Senado. Eso demuestra coordinación, no identidad absoluta. El PP necesita a Vox para convertir muchos escenarios electorales en Gobierno, pero al mismo tiempo necesita demostrar a un votante moderado que no será absorbido por él. Vox necesita exactamente lo contrario: convencer de que votar al PP significa moderar el cambio. En la izquierda, el problema adopta otra forma. Frente Amplio y Podemos han fracasado en su intento de construir una candidatura estatal común y concurrirán separados en territorios clave como Madrid, aunque sí han conseguido acuerdos en Comunidad Valenciana y Canarias. La fragmentación puede reforzar al PSOE como única pieza grande del bloque progresista y, simultáneamente, reducir el número total de escaños disponibles para ese mismo bloque. España no tiene dos bloques homogéneos. Tiene dos familias políticas que se necesitan y se estorban al mismo tiempo. El País

Por eso tampoco es correcto reducir las elecciones a la idea de que Feijóo quiere hacer exactamente lo contrario que Sánchez. Existen diferencias profundas en fiscalidad, vivienda, inmigración, organización territorial, regulación económica o política cultural, pero cualquier Gobierno heredará restricciones similares: deuda, envejecimiento, pensiones, productividad, reglas europeas, defensa, energía y un Congreso fragmentado. El voto puede cambiar políticas, y mucho, pero no reinicia el país. La campaña prefiere otra narrativa porque es más eficaz: no se vota una arquitectura económica o administrativa, se vota para expulsar al adversario. El lenguaje se personaliza, se endurece y convierte al presidente o al candidato contrario en el problema central del sistema. La consecuencia es que muchos ciudadanos empiezan a votar contra alguien antes que a favor de una determinada combinación de políticas. Eso no convierte ese voto en irracional, pero sí cambia su utilidad: deja de ser una elección programática y se transforma en una herramienta de veto. El riesgo periodístico está precisamente ahí: llamar “útil” a todo voto destinado a impedir algo sin explicar qué Gobierno aparecerá después de haberlo impedido.

España elige diputados, no presidentes. Parece una obviedad, pero explica buena parte del malentendido electoral. El 29 de noviembre se elegirán 350 representantes repartidos entre 52 circunscripciones, y los escaños se asignarán dentro de cada provincia mediante la fórmula D’Hondt entre candidaturas que superen el umbral legal. Madrid elegirá 38 diputados; provincias pequeñas elegirán muchos menos. Por eso un mismo porcentaje de voto puede tener consecuencias distintas dependiendo de dónde se produzca y de cómo se reparta entre candidaturas. En una gran circunscripción, una fuerza minoritaria puede conseguir representación con relativa facilidad; en una provincia con tres o cuatro escaños, quedar cuarta puede equivaler a obtener cero. El llamado voto útil nace muchas veces de esa mecánica, no de una superioridad moral de una papeleta sobre otra. Un elector puede votar PP para reducir la dependencia de Vox; otro puede votar Vox precisamente para obligar al PP a negociar. Un votante socialista puede concentrar su voto en el PSOE para reforzar su posición; otro puede votar a Frente Amplio para garantizar que el PSOE no gobierne sin presión por su izquierda. Son estrategias distintas y todas pueden ser racionales si el votante conoce exactamente qué intenta conseguir. RTVE.es

Tomemos tres simulaciones para entenderlo, no como pronósticos, sino como pruebas de resistencia del sistema. En un primer escenario, PP obtiene 138 escaños, PSOE 105, Vox 62, Frente Amplio 12, Podemos 2 y el resto 31. PP y Vox sumarían 200 diputados: habría una mayoría sobrada y la discusión ya no sería quién puede gobernar, sino cuánto peso tendría Vox en el acuerdo. Cuanto más fuerte fuera el PP, menor sería la capacidad relativa de Abascal para exigir ministerios o determinadas políticas. Segundo escenario: PP 133, PSOE 112, Vox 40, Frente Amplio 18, Podemos 4 y resto 43. PP y Vox sumarían 173. Habrían ganado el bloque y probablemente la noche electoral, pero no tendrían mayoría absoluta: tres diputados podrían obligar a buscar abstenciones, negociar con fuerzas territoriales o entrar en un bloqueo. Tercer escenario: PSOE 127, PP 118, Vox 49, Frente Amplio 17, Podemos 3 y resto 36. El PSOE sería primera fuerza, pero PSOE más la izquierda estatal sumarían solo 147 y necesitarían reconstruir una mayoría con partidos territoriales. En ninguno de los tres casos basta con decir “ha ganado X”. La noche electoral cuenta votos; la semana siguiente empieza la política.

La historia reciente demuestra que esta distinción no es académica. En 2023, el PP obtuvo 137 diputados frente a los 121 del PSOE y fue la fuerza más votada, pero Feijóo no consiguió los apoyos suficientes para la investidura y Pedro Sánchez terminó formando Gobierno. El resultado enseña algo muy sencillo: primera fuerza y presidente no son sinónimos. En 2015, el PP volvió a ser primero con 123 escaños, el PSOE quedó en 90 y la entrada de Podemos, sus confluencias y Ciudadanos fragmentó el Congreso hasta hacer imposible una investidura estable; España terminó repitiendo elecciones en junio de 2016. Aquello mostró que generar representación no garantiza generar Gobierno. Y en 2019 apareció una tercera lección: Ciudadanos obtuvo 57 diputados en abril y solo 10 en noviembre, mientras Vox pasó de 24 a 52. En seis meses, millones de electores redefinieron qué consideraban útil y trasladaron su voto a otras opciones. El voto útil no es una cualidad permanente de un partido. Es una percepción estratégica que puede evaporarse antes de que termine el año. Congreso de los Diputados

Pero para entender de verdad por qué importa votar hay que ir todavía más atrás. En 1977, el voto no servía únicamente para decidir quién gobernaría: servía para decidir qué fuerzas políticas iban a formar parte de una democracia recién recuperada. UCD obtuvo 165 diputados y el PSOE se convirtió en gran alternativa, mientras comunistas, nacionalistas y otras corrientes entraban en unas Cortes que acabarían redactando la Constitución. Para un votante del PCE, por ejemplo, la utilidad de su papeleta no consistía en hacer presidente a Santiago Carrillo. Consistía en llevar una fuerza recién legalizada al Parlamento y convertir una identidad política clandestina en representación institucional. Cuarenta y nueve años después seguimos utilizando la misma urna para funciones diferentes: elegir Gobierno, construir oposición, condicionar coaliciones, mantener viva una corriente ideológica o simplemente dejar constancia de que una parte de la sociedad existe. Por eso reducir toda la conversación electoral a “vota al grande porque es útil” empobrece la democracia. En 1977 el voto útil podía significar entrar. En 2015 podía significar desbloquear. En 2019 podía significar abandonar una opción que había dejado de convencer. En 2023 podía significar construir una mayoría después de perder en votos. La utilidad cambia porque la política ocurre después del recuento, no termina en él. Constitución

Así que quizá las tres preguntas correctas antes del 29-N no sean “¿quién quiero que gane?” ni “¿quién dicen que puede ganar?”. Son otras. ¿Quién quiero que gobierne? ¿De quién quiero que dependa? ¿Y a quién quiero sentado en la mesa cuando llegue el momento de negociar? Un voto puede servir para hacer presidente a alguien, para impedirlo, para obligarlo a pactar, para mantener una fuerza parlamentaria o para enviar un mensaje que no se convierta inmediatamente en escaño. Incluso puede quedarse sin representación y seguir siendo políticamente significativo en términos de financiación, organización futura o lectura social. Lo realmente in-útil es entregar la papeleta creyendo que existe una única definición de utilidad y que, casualmente, coincide siempre con la que anuncia el partido que necesita tu voto. Las elecciones españolas llevan casi medio siglo repitiendo la misma lección: 176 decide quién puede gobernar, pero todo lo que ocurre antes de llegar a 176 decide cómo tendrá que hacerlo. RTVE.es

Hace un siglo, en 1926, España era un país muy distinto: seguía bajo la dictadura de Primo de Rivera, con una sociedad mucho más rural, más pobre, más desigual y con enormes carencias educativas, sanitarias e infraestructurales; el conflicto social y territorial existía, pero se expresaba dentro de un sistema político sin democracia plena y con una economía todavía lejos de la industrialización y del nivel de bienestar actuales. Cincuenta años después, en 1976, España estaba saliendo de cuarenta años de dictadura y entrando en uno de los procesos más delicados de su historia contemporánea: la Transición. El propio Congreso describe 1976 y 1977 como el bienio decisivo que permitió pasar de las Leyes Fundamentales franquistas a elecciones libres, pluralismo político y posteriormente a la Constitución de 1978; en 1977 votar significaba, literalmente, reconstruir un sistema democrático después de cuatro décadas sin elecciones generales libres. Congreso de los Diputados Hoy, en 2026, España es incomparablemente más rica, más longeva, más formada, más urbana, plenamente integrada en la Unión Europea y con casi medio siglo de democracia constitucional, pero sus problemas han mutado: vivienda, envejecimiento, baja natalidad, productividad, polarización, inmigración, transición energética, automatización y sostenibilidad del Estado del bienestar. El INE calcula que tenemos ya un 21,1% de población mayor de 65 años y proyecta que España podría superar los 54 millones de habitantes hacia mediados de siglo si continúan las tendencias actuales, fundamentalmente gracias a la inmigración, mientras disminuye progresivamente el peso de la población nacida en España. INE Y ahí empieza la incógnita de los próximos veinte años: en 2046 España puede ser un país más grande, más viejo, mucho más diverso y extraordinariamente automatizado, con inteligencia artificial y robótica transformando empleo, administración y productividad; o puede llegar a esa misma fecha arrastrando un Estado diseñado para otra demografía, una vivienda convertida en cuello de botella generacional y una política todavía discutiendo problemas del siglo XX con herramientas del XXI. Lo verdaderamente interesante es la perspectiva: en cien años España pasó de una dictadura agraria a una democracia europea digital; en cincuenta, de votar por primera vez tras el franquismo a discutir qué hacer con la inteligencia artificial; los próximos veinte pueden contener una transformación comparable, pero esta vez el reto no será conquistar la democracia, sino conseguir que una democracia envejecida y tensionada sea capaz de rediseñarse antes de que cambie el mundo a su alrededor.

Si quieres cambiar el mundo, no te informes, piensa.

Pensar en urgente, hacer inevitable.