
Juan Ramón Rallo ha construido buena parte de su prestigio público sobre una herramienta intelectualmente valiosa: la duda. Preguntar por las cifras, desmontar una serie estadística, revisar un incentivo, desconfiar de una narrativa política, exigir que una causalidad esté mejor demostrada. Todo eso es sano. De hecho, en una esfera pública saturada de propaganda, debería haber más gente haciéndolo. El problema aparece cuando la duda deja de ser una metodología general y empieza a convertirse en una dirección. Porque una duda que sistemáticamente desconfía de unas instituciones, unas políticas o unos argumentos, mientras trata con mayor benevolencia otros compatibles con el propio marco ideológico, ya no es exactamente duda. Es selección. Y cuando la selección se repite durante años, empieza a parecerse bastante a un sesgo.
Rallo lo hace especialmente bien porque no suele presentarse como un agitador. Su lenguaje es económico, técnico, ordenado. En septiembre utilizó documentos de Guardia Civil, Policía y CNI para confrontar versiones del Gobierno sobre Ceuta; en octubre analizó las declaraciones de dirigentes de izquierda tras la caída de los decretos de vivienda; meses antes había criticado lo que consideraba una lectura estadística sesgada de los efectos del control de alquileres en Navarra. Su método declarado es siempre parecido: coger un relato, abrirlo, comprobar documentos, revisar números y preguntar qué no encaja. Esa forma de trabajar es legítima y útil. El problema periodístico no está en que investigue esos casos. Está en otra pregunta más difícil: ¿con qué frecuencia somete a la misma presión a las ideas, gobiernos o referentes que están más cerca de su propia tradición liberal? (juanramonrallo.com) (shows.acast.com)
¿Porqué duda siempre de un lado?
Juan Ramón Rallo duda. El problema empieza cuando siempre duda hacia el mismo lado
La palabra importante aquí es asimetría. Todos tenemos sesgos. También los economistas, los periodistas, los profesores, los científicos y los verificadores. El problema no es tener un marco ideológico. El problema empieza cuando ese marco decide dónde aplicas el escepticismo y dónde lo suspendes. Si una regulación de alquileres produce un dato favorable y tu primera reacción es buscar el truco estadístico, perfecto. Pero si una desregulación produce un dato favorable, deberías hacer exactamente lo mismo. Si sospechas del CIS porque la muestra puede estar contaminada, debes sospechar también de cualquier encuesta privada con problemas de diseño, financiación o cocina. Si cuestionas que el Gobierno atribuya causalidad a una política pública, deberías exigir el mismo estándar cuando un Gobierno liberal atribuye una mejora macroeconómica a una reforma propia. No porque ambas cosas sean necesariamente falsas, sino porque el método solo es método si sobrevive al resultado que desea encontrar.
Ese es el punto en el que la duda puede convertirse en sesgo sin necesidad de mentir. No hace falta falsificar un dato. Basta con elegir qué dato merece veinte minutos de desmontaje y cuál se acepta en dos frases. Basta con pedir contexto cuando el resultado incomoda y no pedirlo cuando confirma la tesis previa. Basta con recordar los costes indirectos de una política pública y olvidar los costes indirectos de una solución de mercado. El propio Rallo ha insistido muchas veces en que las estadísticas pueden manipularse mediante ventanas temporales, comparaciones interesadas o definiciones ambiguas. Tiene razón. Pero ese mismo principio debería aplicarse también al trabajo de quien denuncia la manipulación. El detector de sesgos también necesita calibración. De lo contrario ocurre algo precioso: terminamos utilizando la crítica al sesgo como una nueva forma de sesgo.
Esto tampoco invalida sus análisis. Sería demasiado fácil. Decir “Rallo es liberal, por tanto está sesgado” es intelectualmente pobre. Todos los analistas parten de supuestos. Lo relevante es identificar cuáles son. Rallo parte de una tradición liberal muy explícita, con una preferencia general por mercados, propiedad privada, libertad contractual, competencia y limitación de determinadas intervenciones estatales. Él mismo no oculta ese marco. Eso tiene incluso una ventaja: sabemos desde dónde mira. El problema aparece cuando el espectador empieza a confundir coherencia ideológica con neutralidad metodológica. Una persona puede ser extraordinariamente rigurosa y seguir teniendo una dirección. De hecho, los mejores argumentadores son precisamente quienes más fácilmente pueden producir una sensación de neutralidad porque conocen muy bien las objeciones, los datos y el lenguaje técnico necesarios para construirla.
Hay una prueba sencilla para saber si estamos dudando o defendiendo una identidad: preguntarnos qué evidencia nos haría cambiar de opinión. Si criticamos controles de alquiler, ¿qué resultado empírico aceptaríamos como prueba de que alguna forma de regulación sí funciona? Si defendemos bajadas de impuestos, ¿qué evidencia nos haría admitir que una concreta deterioró servicios sin generar suficiente actividad adicional? Si pensamos que el gasto público desplaza inversión privada, ¿qué dato nos haría aceptar que en determinado contexto la complementó? Si la respuesta es “ninguna, porque el principio es correcto”, hemos dejado la economía y hemos entrado en la filosofía política. No hay nada ilegítimo en eso. Pero conviene decirlo. Una preferencia normativa no debería disfrazarse de conclusión empírica inevitable.
La historia económica está llena de ejemplos de gente inteligente dudando selectivamente. Durante décadas, keynesianos, monetaristas, marxistas, austríacos, neoliberales y socialdemócratas han sido capaces de explicar por qué el dato que contradecía su teoría era excepcional y el que la confirmaba era estructural. La crisis de 2008 produjo una colección gigantesca de certezas retrospectivas. La inflación posterior a la pandemia hizo lo mismo. Argentina, Suecia, Irlanda, Venezuela, Singapur o Estados Unidos aparecen continuamente como pruebas definitivas de tesis incompatibles porque se selecciona el periodo, la variable y la comparación que mejor encajan. El problema no es Rallo. Rallo es un ejemplo muy visible de una enfermedad intelectual mucho más grande: creemos que estamos analizando cuando en realidad estamos administrando excepciones alrededor de aquello que ya creemos.
Por eso quizá la mejor manera de escuchar a Juan Ramón Rallo no sea decidir si tiene razón o no. Es utilizarlo precisamente como él propone utilizar los datos: con fricción. Escuchar su argumento. Revisar la fuente primaria. Preguntar qué variables deja fuera. Buscar la mejor réplica disponible. Comprobar si aplica el mismo estándar cuando el resultado favorece una tesis liberal. Y hacer exactamente lo mismo con un economista de izquierdas, con el Gobierno, con la oposición y con este artículo. Porque una sociedad intelectualmente adulta no necesita analistas sin ideología. Necesita analistas cuyos métodos sean más fuertes que sus preferencias.
La duda es una herramienta extraordinaria.
Pero tiene una condición.
Debe poder girar.
Si solo apunta en una dirección, ya no estamos ante una brújula.
Estamos ante una flecha.



