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Podemos construir ordenadores cuánticos, pero seguimos sin saber qué significa tener una casa

Maricarmen tiene 87 años. El 23 de septiembre salió de allí en camilla mientras una comisión judicial ejecutaba su desahucio y centenares de personas protestaban en la calle. Días después, tras la enorme repercusión pública del caso, llegó un acuerdo para que pudiera regresar con un nuevo contrato de alquiler. Vivió durante más de siete…

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17 min de lectura

Maricarmen tiene 87 años.

El 23 de septiembre salió de allí en camilla mientras una comisión judicial ejecutaba su desahucio y centenares de personas protestaban en la calle. Días después, tras la enorme repercusión pública del caso, llegó un acuerdo para que pudiera regresar con un nuevo contrato de alquiler.

Vivió durante más de siete décadas en el mismo piso de Madrid.

Y España descubrió a Maricarmen.

Durante unos días.

Porque España tiene una extraordinaria capacidad para descubrir problemas estructurales cuando tienen nombre, rostro y una cámara delante.

Entonces nos emocionamos.

Nos indignamos.

Compartimos.

Ponemos un hashtag.

Exigimos humanidad.

Y después cambiamos de tema.

El problema es que mientras mirábamos a Maricarmen había muchas otras personas sin cámaras en la puerta.

En 2025 se practicaron en España decenas de miles de lanzamientos judiciales. Los datos del Consejo General del Poder Judicial contabilizaron más de 25.000, aunque conviene precisar que esa estadística incluye distintos tipos de inmuebles y no exclusivamente viviendas habituales. Más de 18.000 estuvieron vinculados a procedimientos de arrendamiento.

Es decir:

Maricarmen no era una anomalía. Era una anomalía televisada.

Y esa diferencia explica bastante bien cómo funciona nuestra conciencia colectiva.

Una anciana, una casa y un país entero discutiendo sobre propiedad

El caso tiene todos los ingredientes necesarios para fabricar un símbolo.

Una mujer muy mayor.

Una casa en la que ha vivido prácticamente toda su vida.

Una empresa propietaria.

Policía.

Juzgados.

Activistas.

Periodistas.

Vecinos.

Gobierno.

Oposición.

Fondos.

Alquileres.

Constitución.

En pocos metros cuadrados conseguimos meter todas las contradicciones de la sociedad española.

Y entonces aparece la pregunta que evitamos cuidadosamente porque no tiene una respuesta agradable:

¿qué significa realmente poseer una vivienda?

Parece sencillo.

La compras.

Es tuya.

Fin.

Pero no.

Ni siquiera nuestra Constitución plantea la propiedad como un poder absoluto.

El artículo 33 reconoce expresamente la propiedad privada y la herencia, pero inmediatamente después establece que su función social delimitará su contenido de acuerdo con las leyes.

Dos derechos dentro del mismo artículo.

Propiedad.

Función social.

Bienvenidos al problema.

Porque hemos pasado décadas comportándonos como si solo existiera la primera frase.

Mi casa es mía

Es una frase extraordinariamente poderosa.

Mi casa.

Mi terreno.

Mi dinero.

Mi empresa.

Mi patrimonio.

Mi propiedad.

Y en buena medida debe serlo.

Sin seguridad sobre la propiedad resulta difícil ahorrar, invertir, emprender, transmitir patrimonio o construir una economía mínimamente estable.

El propietario necesita reglas.

El pequeño arrendador necesita poder cobrar.

Una familia que ha invertido sus ahorros en una vivienda necesita protección.

Quien deja de pagar indefinidamente no puede convertir automáticamente una propiedad ajena en propiedad propia.

Y un Estado que destruyera completamente esa seguridad probablemente conseguiría algo maravilloso:

que nadie quisiera alquilar nada.

Pero aquí termina la parte fácil.

Porque una vivienda no es una PlayStation.

No es una acción bursátil.

No es un reloj.

No es siquiera un automóvil.

Una vivienda es simultáneamente un activo financiero y el lugar físico desde el que una persona construye su existencia.

Dormimos allí.

Enfermamos allí.

Criamos hijos allí.

Nos divorciamos allí.

Guardamos fotografías allí.

Envejecemos allí.

Nos hacemos viejos dentro de cuatro paredes que el mercado registra como una referencia catastral.

Y esa doble naturaleza convierte la vivienda en probablemente uno de los bienes más políticamente explosivos de cualquier sociedad.

Para uno es patrimonio.

Para otro es hogar.

Y ambos pueden estar hablando exactamente del mismo piso.

Hemos convertido la vivienda en una máquina financiera

Durante décadas aceptamos una idea extraordinariamente rentable:

una vivienda no solo sirve para vivir.

También sirve para invertir.

Perfecto.

Después descubrimos que podía servir para especular.

Después que podía convertirse en producto turístico.

Después que podía titularizarse.

Después que podía formar parte de enormes carteras.

Después que podía comprarse, reformarse, fragmentarse, alquilarse por habitaciones, revenderse o mantenerse esperando una revalorización.

La vivienda aprendió economía financiera.

El ciudadano siguió necesitando dormir.

Y ahí empezó una carrera bastante desigual.

Porque el mercado inmobiliario contemporáneo utiliza algoritmos, análisis predictivo, grandes bases de datos, plataformas globales y capital internacional.

El inquilino utiliza Idealista y reza.

Bienvenidos al siglo XXI.

La Constitución también tiene un artículo 47

Existe una pequeña ironía constitucional.

El mismo país que defiende legítimamente la propiedad privada escribió también que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada.

Y añadió algo todavía más incómodo:

los poderes públicos deben regular el uso del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

No lo escribió Podemos.

No lo escribió el Sindicato de Inquilinas.

No apareció ayer en una pancarta.

Está en la Constitución de 1978.

Podemos discutir hasta dónde llega jurídicamente ese mandato.

Podemos discutir qué políticas funcionan.

Podemos discutir si controlar precios reduce oferta.

Podemos discutir si hay que construir muchísimo más.

Podemos discutir fiscalidad, suelo, vivienda pública, seguridad jurídica y alquiler turístico.

Debemos discutirlo.

Pero hay algo intelectualmente bastante tramposo en presentar cualquier límite a la especulación como un ataque soviético a la propiedad privada.

La propia arquitectura constitucional española reconoce simultáneamente propiedad privada y función social.

El problema no está en admitir la tensión.

El problema está en fingir que no existe.

¿Cuánta rentabilidad es suficiente?

Aquí empieza la parte desagradable.

Porque nuestra época ha transformado una palabra bastante vulgar en un principio casi sagrado:

rentabilidad.

Una vivienda debe ser rentable.

Una empresa debe ser rentable.

Un fondo debe ser rentable.

Un suelo debe ser rentable.

Una inversión debe maximizar su retorno.

Perfecto.

Pero hay una pregunta infantil que casi nunca hacemos:

¿hasta cuánto?

¿Existe algún límite?

¿Un 4%?

¿Un 8%?

¿Un 15%?

¿Todo lo que alguien esté desesperado suficiente como para pagar?

El mercado tiene una respuesta preciosa:

el precio es aquel en el que oferta y demanda se encuentran.

Magnífico.

También es la respuesta que daría un algoritmo.

El problema es que las personas no pueden decidir libremente dejar de necesitar vivienda hasta que mejoren los precios.

No puedes decir:

«Este trimestre no duermo. Ya compraré cama cuando corrija el mercado».

Por eso hay mercados que necesitan límites.

No porque el mercado sea maligno.

Sino porque la necesidad reduce brutalmente la libertad de negociación.

Pero cuidado con convertir al ciudadano en un niño

Y aquí viene la otra parte que normalmente cada bando prefiere no escuchar.

Proteger no significa anestesiar.

Una sociedad también puede proteger tanto que termine anulando responsabilidad.

Puede convertir cada dificultad en derecho automático.

Cada fracaso en obligación pública.

Cada mala decisión en rescate.

Cada riesgo en cobertura.

Cada consecuencia en una injusticia que alguien debe solucionar.

Y eso tampoco funciona.

Porque un Estado que promete absorber todas las consecuencias termina fabricando una ciudadanía infantilizada.

Adultos jurídicos.

Menores económicos.

Personas convencidas de que cualquier problema vital debe tener una ventanilla pública responsable de resolverlo.

Hay vulnerabilidad real.

Muchísima.

Hay personas mayores.

Discapacidades.

Enfermedades.

Infancias.

Desempleo sobrevenido.

Salarios insuficientes.

Familias rotas.

Situaciones donde una sociedad civilizada tiene la obligación moral y política de intervenir.

Pero también existe otra pregunta incómoda:

¿dónde termina la protección y dónde empieza la responsabilidad individual?

No existe una fórmula matemática.

Precisamente por eso hay política.

Hemos confundido bienestar con eliminación de toda incomodidad

Tal vez este sea uno de los grandes problemas de las sociedades desarrolladas.

Durante generaciones intentamos reducir sufrimiento.

Fue un éxito extraordinario.

Sanidad.

Educación.

Pensiones.

Prestaciones.

Derechos laborales.

Dependencia.

Servicios públicos.

Protección frente al desempleo.

Y entonces apareció una mutación silenciosa.

Empezamos a considerar que cualquier inseguridad era intolerable.

Que toda frustración debía eliminarse.

Que cualquier caída debía tener red.

Y después otra red debajo.

Y otra.

Hasta que proteger al ciudadano empezó ocasionalmente a confundirse con impedir que experimentara las consecuencias de sus decisiones.

Eso tiene un precio económico.

Pero también cultural.

Una sociedad completamente acolchada puede terminar criando ciudadanos incapaces de caminar sin acolchado.

La solidaridad necesita responsabilidad.

La responsabilidad necesita oportunidades.

Y las oportunidades necesitan un mercado que no esté trucado.

Las tres cosas a la vez.

Ahí está la dificultad.

Porque tampoco sirve decirle al joven que se esfuerce más

Esta frase merece un capítulo propio.

«Yo a tu edad trabajaba y compré un piso».

Enhorabuena.

También se fumaba dentro de los hospitales.

Las circunstancias cambian.

La comparación generacional basada exclusivamente en experiencias personales es una forma elegante de no mirar los números.

Hoy una parte de la población joven puede estudiar, trabajar, tener competencias digitales inimaginables hace treinta años y aun así encontrar enormes dificultades para emanciparse en determinadas ciudades.

Eso no demuestra que los jóvenes sean vagos.

Tampoco demuestra que todos sean víctimas.

Demuestra que el precio de acceso a determinadas necesidades básicas puede separarse peligrosamente de los ingresos disponibles.

Cuando eso ocurre durante suficiente tiempo, la meritocracia empieza a parecer una broma de mal gusto.

Porque puedes trabajar muchísimo.

Pero si el ascensor sube más rápido que tú, nunca llegas al siguiente piso.

Ordenadores cuánticos y alquiler por habitaciones

Aquí está probablemente la imagen más absurda de nuestra civilización.

Estamos desarrollando inteligencia artificial capaz de producir código, imágenes, proteínas, diagnósticos y diseños.

Construimos robots humanoides.

Investigamos computación cuántica.

Fabricamos cohetes reutilizables.

Intentamos colonizar otros planetas.

Y millones de personas siguen dedicando una parte enorme de su vida a resolver una pregunta prehistórica:

¿dónde voy a dormir?

Hay algo obsceno en esa contradicción.

No porque la tecnología tenga la culpa.

Precisamente al contrario.

Porque demuestra nuestra extraordinaria capacidad para resolver problemas cuando realmente decidimos resolverlos.

Podemos entrenar modelos con billones de parámetros.

Pero construir vivienda pública suficiente parece alquimia.

Podemos aterrizar verticalmente un cohete.

Pero conseguir una licencia urbanística puede tardar años.

Podemos diseñar chips a escala nanométrica.

Pero seguimos utilizando estructuras administrativas diseñadas cuando el fax parecía tecnología avanzada.

Tal vez nuestro problema no sea tecnológico.

Tal vez sea institucional.

La especulación tampoco es simplemente comprar barato y vender caro

Hay que tener cuidado con esa palabra.

Porque se utiliza tanto que acaba significando cualquier cosa.

Comprar una vivienda y alquilarla no es automáticamente especular.

Invertir tampoco.

Construir tampoco.

Obtener beneficio tampoco.

El problema aparece cuando la rentabilidad depende esencialmente de explotar una escasez estructural que la propia sociedad es incapaz de corregir.

Entonces aparece una perversión espectacular.

Cuanto peor funciona el sistema de vivienda, más rentable puede resultar poseer determinados activos dentro de él.

Y eso crea incentivos bastante curiosos.

El fracaso colectivo puede convertirse en beneficio privado.

Eso debería preocupar incluso a quien crea profundamente en el mercado.

Porque los buenos mercados necesitan competencia, oferta, movilidad e información.

Un mercado donde la oferta es rígida, los permisos son lentos, el suelo está extremadamente condicionado y la demanda es inevitable se parece bastante poco al mercado perfecto de los manuales de economía.

Maricarmen ganó porque todos mirábamos

Y quizá esta sea la parte más brutal de toda la historia.

Tras su desahucio y la enorme movilización generada alrededor del caso, se alcanzó un acuerdo para que Maricarmen pudiera regresar a la vivienda con un nuevo contrato cuya renta no superaría el 30% de sus ingresos netos.

Es una buena noticia para ella.

Pero contiene una pregunta venenosa:

¿y si no hubiera habido cámaras?

¿Y si tuviera 54 años?

¿Y si no fuera una anciana?

¿Y si viviera en una calle desconocida?

¿Y si nadie hubiera compartido su historia?

¿Y si aquella mañana hubiera habido una noticia más espectacular?

Entonces aparece la lotería moral del sistema.

La vulnerabilidad que se convierte en trending topic puede encontrar una salida.

La silenciosa entra en una estadística.

25.540 lanzamientos en un año.

Un número.

Y los números no lloran en televisión.

Ni una Maricarmen más es un buen eslogan

Pero no es una política de vivienda.

La emoción sirve para reaccionar.

No necesariamente para gobernar.

Una política seria necesita preguntarse por qué faltan viviendas allí donde la gente quiere vivir.

Cuánto tarda en desarrollarse suelo.

Cuánto cuesta construir.

Qué vivienda pública existe.

Cómo impedir que desaparezca.

Cómo proteger al pequeño propietario.

Cómo distinguir vulnerabilidad de abuso.

Qué hacemos con las viviendas vacías.

Qué hacemos con el alquiler turístico.

Qué hacemos con la concentración de propiedad.

Qué incentivos fiscales ofrecemos.

Qué límites establecemos.

Qué seguridad jurídica garantizamos.

Y, sobre todo:

cómo conseguimos que el sistema produzca muchas más viviendas accesibles sin destruir los incentivos necesarios para producirlas.

Eso es bastante menos atractivo que gritar.

Pero seguramente mucho más útil.

El Estado tampoco puede convertirse en nuestro padre

Existe una tentación peligrosa cuando algo funciona mal:

regularlo todo.

Precio.

Duración.

Contrato.

Uso.

Venta.

Compra.

Rentabilidad.

Desahucio.

Herencia.

Destino.

A veces será necesario intervenir.

Pero cada intervención genera efectos.

Algunos deseados.

Otros no.

Si hacemos demasiado arriesgado alquilar, algunos propietarios dejarán de alquilar.

Si dejamos completamente desprotegido al inquilino, convertiremos la vivienda en una trituradora social.

Si impedimos construir, subirá la escasez.

Si urbanizamos sin límite, destruiremos territorio y ciudades.

Si subvencionamos demanda sin aumentar oferta, parte del dinero público puede acabar trasladándose al precio.

Si protegemos indefinidamente cualquier situación, podemos generar incentivos perversos.

Si no protegemos a nadie, construiremos una sociedad brutal.

No hay solución pura.

La política adulta empieza precisamente donde terminan los eslóganes.

La propiedad necesita límites

Sí.

Decirlo no debería provocar un infarto liberal.

Toda propiedad tiene límites.

No puedes construir una refinería en tu balcón.

No puedes almacenar residuos nucleares en el trastero.

No puedes montar una discoteca industrial en un dormitorio.

No puedes convertir cualquier suelo en cualquier cosa.

La propiedad nunca ha significado soberanía absoluta.

La sociedad determina límites porque vivimos juntos.

La pregunta seria no es si debe haber límites.

Es cuáles.

Y con qué compensaciones.

Y con qué garantías.

Y con qué excepciones.

Y durante cuánto tiempo.

Exactamente la misma pregunta debemos hacer a la protección social.

Porque también necesita límites.

Protección sin exigencia produce dependencia

Y aquí probablemente enfadaremos al otro lado.

Bien.

Una sociedad que garantiza derechos también puede exigir deberes.

Puede ayudar a quien pierde su vivienda y al mismo tiempo exigir búsqueda activa de soluciones cuando sea posible.

Puede proteger a una persona vulnerable sin convertir cualquier impago en una situación indefinida.

Puede dar vivienda pública estableciendo criterios transparentes.

Puede ayudar sin generar privilegios permanentes.

Puede acompañar sin sustituir completamente la autonomía.

Porque hay una forma de paternalismo aparentemente compasiva que es profundamente clasista:

considerar que determinadas personas jamás serán capaces de sostenerse por sí mismas.

Ayudar debería significar recuperar autonomía cuando sea posible.

No administrar dependencia eternamente.

El verdadero contrato social

Quizá necesitamos redefinirlo.

No es complicado de formular.

Nadie debería enriquecerse ilimitadamente simplemente porque otras personas no tienen alternativa.

Nadie debería quedarse en la calle por una contingencia vital grave si existen mecanismos razonables para evitarlo.

Nadie debería poder apropiarse indefinidamente de un bien ajeno simplemente alegando necesidad.

Nadie debería necesitar heredar para poder independizarse.

Nadie debería recibir una vivienda pública por conocer mejor el sistema.

Ninguna empresa debería tener privilegios regulatorios.

Ningún propietario debería estar jurídicamente indefenso.

Ningún inquilino debería vivir permanentemente aterrorizado por la próxima renovación.

Parece moderado.

Casi aburrido.

Y quizá por eso es tan difícil.

Porque nuestra época necesita convertir cualquier problema en una guerra.

Propietarios contra inquilinos.

Jóvenes contra mayores.

Ricos contra pobres.

Fondos contra okupas.

Derecha contra izquierda.

Mientras discutimos, el metro cuadrado continúa haciendo tranquilamente su trabajo.

Maricarmen no debería convertirse en santa

Ni su propietario necesariamente en demonio.

Ese mecanismo infantil tampoco sirve.

La historia importante no es encontrar buenos y malos suficientemente sencillos para Twitter.

La historia importante es descubrir qué clase de sistema consigue llegar a una situación donde una mujer de 87 años puede abandonar en camilla la vivienda en la que ha pasado prácticamente toda su vida mientras cientos de personas gritan en la calle.

Y después preguntarnos:

¿qué tuvo que fallar antes para llegar hasta allí?

Familia.

Mercado.

Administración.

Política de vivienda.

Servicios sociales.

Regulación.

Oferta.

Prevención.

Negociación.

Probablemente varias cosas simultáneamente.

Un desahucio es el último fotograma.

La película empezó mucho antes.

El futuro llegará igualmente

La inteligencia artificial no va a detenerse.

La robotización tampoco.

La productividad probablemente aumentará.

Muchas profesiones cambiarán.

Algunas desaparecerán.

Otras aparecerán.

La tecnología puede generar una abundancia material extraordinaria.

Pero entonces nuestra discusión sobre propiedad será todavía más importante.

Porque si máquinas, algoritmos y capital pueden producir cada vez más riqueza con cada vez menos intervención humana, tendremos que decidir cómo se distribuyen acceso, oportunidad y patrimonio.

No necesariamente mediante igualdad de resultados.

Pero sí evitando una sociedad donde unos pocos poseen las infraestructuras, las viviendas, los algoritmos y las máquinas mientras el resto alquila absolutamente todo.

Casa.

Coche.

Software.

Música.

Películas.

Capacidad informática.

Hasta quizá algún día sus propios robots.

Una civilización donde no posees nada pero pagas una suscripción por todo no es necesariamente progreso.

Puede ser simplemente feudalismo con una aplicación excelente.

La pregunta que Maricarmen nos deja

No es si aquella mujer debía quedarse.

Eso ya se ha convertido en una discusión política, judicial y emocional concreta.

La pregunta importante es mucho más grande.

¿Qué queremos proteger realmente?

¿La propiedad?

Sí.

¿La vivienda?

También.

¿La inversión?

Por supuesto.

¿La dignidad?

Necesariamente.

¿La responsabilidad individual?

Sin ella nada funciona.

¿La solidaridad?

Sin ella tampoco.

El problema empieza cuando exigimos una de esas cosas como absoluta.

Propiedad sin función social puede convertirse en dominación.

Protección sin responsabilidad puede convertirse en dependencia.

Mercado sin límites puede convertir la necesidad en mercancía perfecta.

Estado sin límites puede convertir al ciudadano en súbdito.

Y ahí estamos.

En 2026.

Hablando con inteligencias artificiales.

Construyendo ordenadores cuánticos.

Diseñando robots capaces de trabajar por nosotros.

Y todavía sin haber respondido a una pregunta que lleva acompañándonos desde que pusimos la primera piedra encima de otra:

¿cuándo deja una casa de ser únicamente una cosa para convertirse en parte de una vida?

Tal vez cuando entendamos eso dejemos de necesitar otra Maricarmen para acordarnos de que existe un problema.

Porque la verdadera indecencia no sería que ocurriera otra vez.

La verdadera indecencia sería que hiciera falta otra anciana saliendo en camilla para que volviéramos a mirar.