Las elecciones del 29NOV y un final con spoilers.
Todo está perdido. O eso parece cada vez que llegan elecciones.
Cada campaña electoral vende la misma droga.
Esta vez sí.

Esta vez bajarán los impuestos.
Esta vez construirán vivienda.
Esta vez controlarán el déficit.
Esta vez expulsarán a los corruptos.
Esta vez protegerán a la clase media.
Esta vez frenarán a los extremos.
Esta vez llegará el cambio.
Y cuatro años después:
otra campaña.
Otro eslogan.
Otra emergencia.
Otro enemigo.
Otra promesa de empezar de cero.
La democracia electoral se ha convertido en una máquina de producir esperanza a plazos.
Y también desesperanza.
Porque cada ciclo promete corregir problemas que ya no caben dentro de un ciclo electoral.
Imagina que gana la derecha
No importa ahora cuál.
Moderada.
Conservadora.
Más dura.
Incluso una derecha extrema entrando con fuerza en las instituciones.
Imaginemos el escenario más favorable para sus propias tesis.
Bajan impuestos.
Simplifican regulación.
Liberan suelo.
Aceleran licencias.
Construyen vivienda.
Reducen burocracia.
Atraen inversión.
Mejoran productividad.
Incluso consiguen que determinados precios se moderen.
Perfecto.
Supongamos que funciona.
¿Y después qué?
Porque construir 300.000 viviendas no responde a una pregunta mucho más incómoda:
¿debe existir un suelo mínimo por debajo del cual nadie pueda caer?
Y ahí empieza el problema.
Porque crecer no garantiza proteger
Una economía puede crecer.
Y dejar gente atrás.
Puede crear empleo.
Y mantener pobreza.
Puede construir vivienda.
Y seguir teniendo personas incapaces de acceder a ella.
Puede bajar impuestos.
Y deteriorar determinados servicios si no reemplaza los ingresos o mejora suficientemente la eficiencia.
Puede aumentar salarios medios.
Y empeorar la vida de quienes están abajo.
Puede atraer capital.
Y hacer que determinados activos esenciales se encarezcan todavía más.
No es ideología.
Es una cuestión estructural:
el mercado distribuye según capacidad de pago.
Los derechos universales pretenden operar con otra lógica.
Según necesidad.
Y ambas cosas no siempre coinciden.
España ya tiene una demostración delante
La vivienda.
La OCDE calcula que España acumuló un déficit aproximado de 600.000 viviendas entre 2022 y 2025, mientras la creación neta de hogares superó ampliamente el ritmo de nueva construcción. También señala que la vivienda social en alquiler representa apenas alrededor del 3% del parque residencial. OECD
Eso significa que sí:
hay que construir.
Mucho.
Pero construir no resuelve automáticamente qué porcentaje del parque debe quedar fuera de la especulación.
Ni quién debe poder acceder.
Ni cuánto tiempo.
Ni qué ocurre cuando el mercado vuelve a tensionarse.
Ni cómo se protege a quien pierde ingresos.
Puedes arreglar la oferta y seguir sin haber definido el principio.
El gran agujero político está precisamente ahí
No hemos decidido qué cosas deberían quedar fuera de la guerra electoral.
Sanidad.
Educación básica.
Acceso mínimo a vivienda.
Alimentación.
Agua.
Energía básica.
Dependencia.
Una red mínima de ingresos.
No significa que tengan que ser gratis.
Ni gestionadas siempre por el Estado.
Ni suministradas mediante un único modelo.
Significa otra cosa.
Que perder unas elecciones no debería ponerlas conceptualmente en discusión.
Después discutimos:
cómo financiarlas
quién las presta
qué parte es pública
qué parte privada
cuánto cuestan
qué controles existen
qué nivel territorial las gestiona
Pero el suelo debería permanecer.
Porque un derecho que depende permanentemente del Gobierno de turno no es exactamente un derecho
Es una política pública.
Y no es lo mismo.
El sistema sanitario puede reformarse.
La educación puede reformarse.
Las pensiones pueden reformarse.
La vivienda puede regularse de formas muy distintas.
Pero una democracia madura quizá debería tener unas pocas respuestas previas.
Nadie se queda sin tratamiento esencial porque no pueda pagarlo.
Ningún niño pierde educación básica por el patrimonio familiar.
Nadie duerme en la calle mientras existan mecanismos razonables para evitarlo.
Nadie pierde acceso mínimo a agua o energía por una situación temporal de pobreza.
Después:
peleamos.
Diseñamos.
Calculamos.
Votamos.
Pero sobre una base común.
Ahora imagina que gana la izquierda
Más vivienda pública.
Más regulación.
Más ayudas.
Más impuestos.
Más protección al inquilino.
Más prestaciones.
También puede funcionar parcialmente.
Y también puede fracasar.
Porque proteger sin aumentar oferta puede trasladar tensiones.
Subvencionar alquileres dentro de un mercado muy limitado puede terminar elevando precios y transfiriendo parte de la ayuda al propietario, algo que la propia OCDE advierte al analizar el mercado español. OECD
Regular sin capacidad administrativa puede convertirse en papel.
Crear derechos sin financiación suficiente puede degradarlos.
Aumentar gasto sin productividad puede generar problemas fiscales.
España además afronta el aumento futuro del gasto asociado al envejecimiento en pensiones, salud y cuidados, mientras mantiene una deuda pública elevada. OECD
Así que tampoco existe:
izquierda.exe → bienestar infinito.
Qué fastidio.
Eso es precisamente lo desesperante
Que muchas respuestas parciales tienen una parte de verdad.
La derecha tiene razón cuando dice que hacen falta:
oferta
inversión
productividad
empresa
eficiencia
menos burocracia absurda
La izquierda tiene razón cuando recuerda:
desigualdad
vulnerabilidad
fallos de mercado
bienes esenciales
protección social
concentración de poder económico
Pero nuestro sistema político tiene una extraña capacidad para convertir verdades compatibles en religiones incompatibles.
Si construyes vivienda, parece que no puedes regular.
Si proteges al vulnerable, parece que odias el mercado.
Si bajas impuestos, parece que odias los servicios públicos.
Si subes gasto social, parece que no entiendes economía.
Infantil.
Mientras tanto, 1 de cada 4 personas sigue en riesgo
En 2025, el 25,7% de la población española estaba en riesgo de pobreza o exclusión social.
Entre menores de 18 años, Eurostat sitúa esa tasa en 33,8%. INE
Una de cada tres criaturas.
En una economía avanzada.
En la Unión Europea.
En 2025.
Puedes ganar un debate sobre:
IRPF
ocupación
inmigración
déficit
competencias autonómicas
y seguir teniendo esto.
Ese es el problema.
Las elecciones sí importan
Muchísimo.
Determinan impuestos.
Regulación.
Derechos.
Nombramientos.
Presupuestos.
Política exterior.
Servicios.
Instituciones.
Pretender que da igual quién gobierna sería falso.
Pero existe otra verdad simultánea.
Hay problemas que sobreviven a todos los gobiernos porque están construidos dentro del sistema.
La vivienda es uno.
La productividad.
El envejecimiento.
La fragmentación administrativa.
La desigualdad patrimonial.
La lentitud judicial.
La pobreza infantil.
La financiación a largo plazo del Estado del bienestar.
La educación.
No desaparecen porque cambie el color del Consejo de Ministros.
Quizá ahí nace la desesperanza
No porque la política no haga nada.
Sino porque promete más de lo que puede entregar.
La guerra, por brutal que sea, tiene un enemigo visible.
Un frente.
Un comienzo.
A veces incluso un final.
La política cotidiana produce otro tipo de angustia.
Más lenta.
Más burocrática.
No hay explosión.
Hay:
espera
trámite
promesa
elección
reforma
contrarreforma
sentencia
recurso
competencia
comisión
nuevo gobierno
Y el problema sigue ahí.
Por eso puede generar una sensación de impotencia especialmente corrosiva.
No porque objetivamente sea “peor que la guerra”.
No lo es.
Sino porque parece no terminar nunca.
Nos han vendido que democracia significa elegir soluciones
Muchas veces elegimos prioridades.
No soluciones.
Porque cualquier Gobierno recibe un país que ya viene con:
deuda
leyes
tratados europeos
competencias territoriales
contratos
pensiones
empleados públicos
tribunales
infraestructura
demografía
mercados globales
tipos de interés
y millones de decisiones privadas
No entra un nuevo presidente y hace:
RESET SPAINEntra.
Y hereda.
Eso es gobernar.
Por eso quizá la gran reforma no sea ideológica
Sea constitucional y cultural.
Definir un pequeño núcleo de básicos universales no negociables.
No resultados idénticos.
No riqueza garantizada.
No vivienda gratis para todo el mundo.
No eliminar riesgo.
Algo mucho más limitado.
Un suelo civilizatorio.
Que nadie pueda caer por debajo de:
salud esencial
educación
alimentación
agua
energía básica
techo digno
protección ante dependencia severa
mínima seguridad material
Y después construir alrededor todos los mercados que queramos.
Competencia.
Capital.
Empresa.
Propiedad.
Inversión.
Riesgo.
Riqueza.
Puedes hacerte multimillonario.
Perfecto.
Pero nadie debería tener que elegir entre:
comer
o encender la calefacción.
Ese sería el contrato.
Y la vivienda necesita una decisión especialmente clara
Construir más.
Sí.
Facilitar promoción privada.
Sí.
Eliminar burocracia urbanística inútil.
Sí.
Seguridad jurídica para propietarios.
Sí.
Pero también:
crear un parque permanente de vivienda protegida que no termine regresando al mercado especulativo.
Ese último punto importa.
Porque construir vivienda pública y venderla décadas después al mercado libre es como construir un hospital y decidir que dentro de treinta años sea un casino.
Has utilizado dinero colectivo para crear:
un activo temporalmente social.
No una infraestructura social.
España tiene un parque de alquiler social muy reducido comparado con otros países europeos. OECD
Cambiar eso no requiere abolir el mercado.
Requiere simplemente aceptar que una pequeña parte de la vivienda debe funcionar con otra lógica.
Lo mismo con otros esenciales
Agua.
No significa agua infinita gratis.
Significa acceso mínimo garantizado.
Energía.
No significa aire acondicionado a 17 grados subvencionado.
Significa no desconectar a una familia vulnerable en enero sin mecanismos de protección.
Sanidad.
No significa que cualquier tratamiento imaginable tenga que financiarse.
Significa que tu supervivencia básica no dependa de tu tarjeta.
Educación.
No garantiza éxito.
Garantiza entrada.
Universal no significa ilimitado.
Esa distinción debería estar escrita en letras gigantes en todos los parlamentos.
Porque estamos discutiendo demasiado sobre quién gobierna y demasiado poco sobre qué no debería poder cambiar ningún Gobierno
Ahí está la cuestión.
¿Qué debería poder desmontar una mayoría simple?
¿Qué requiere consenso?
¿Qué pertenece al mercado?
¿Qué pertenece al Estado?
¿Qué debe garantizarse independientemente de ambos?
Si no respondemos eso, cada elección se convierte en una amenaza existencial.
“Si ganan ellos, perderemos todo.”
Un lado.
Y el otro.
Otra vez.
Quizá una democracia sana debería producir exactamente la sensación contraria.
Si ganan los otros, cambiarán muchas cosas que no me gustan.
Pero:
mis hijos seguirán estudiando.
mi madre seguirá siendo atendida.
no terminaré debajo de un puente por una enfermedad.
el agua seguirá llegando.
las instituciones seguirán funcionando.
y dentro de cuatro años podré volver a votar.
Eso es estabilidad democrática.
No que siempre gobiernen los tuyos.
Entonces quizá no esté todo perdido
Pero sí hemos perdido una cosa.
La capacidad de imaginar política fuera del ciclo electoral.
Un país no debería diseñarse para cuatro años.
Debería tener:
infraestructura a 50
vivienda a 50
energía a 50
educación a 30
pensiones a 30
tecnología a 20
y unas pocas garantías que duren todavía más.
Después pueden gobernar:
conservadores
socialdemócratas
liberales
derechas radicales
izquierdas radicales
coaliciones imposibles
Y discutirán muchísimo.
Eso está bien.
Para eso existe la política.
Pero deberían discutir encima del suelo.
No cada cuatro años sobre si volvemos a excavar el suelo.
El verdadero fracaso no sería que ganase la derecha
Ni que ganase la izquierda.
Ni siquiera que entrase un partido extremo.
El fracaso sería otro.
Que después de cada cambio sigamos teniendo una sociedad donde:
la vivienda es una emergencia permanente
uno de cada tres niños está en riesgo de pobreza o exclusión
la política social depende de parches
la administración llega después del problema
y cada generación vuelve a discutir cuáles son los mínimos que la anterior creía haber garantizado. European Commission
Entonces sí.
Podremos bajar impuestos.
Construir pisos.
Subir salarios.
Digitalizar la Administración.
Cambiar presidentes.
Cambiar banderas.
Cambiar ministros.
Y seguir sin haber contestado la única pregunta que importa:
¿qué cosas debería garantizar una sociedad antes de empezar a discutir todo lo demás?
Porque quizá la desesperanza política no nace de pensar que nada puede cambiar.
Nace de algo bastante peor.
De descubrir que seguimos cambiándolo todo sin decidir qué cosas jamás deberían volver a ponerse en juego.



