PISA para adultos: el examen que España no quiere hacer

Cada pocos años España descubre que sus alumnos no saben suficiente, se indigna una semana y lo olvida. ¿Y si la pregunta correcta no fuera cuánto saben los alumnos, sino cuánto sabemos los demás?

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Cada pocos años España descubre que sus alumnos no saben suficiente. ¿Y la sociedad?

Se publican los resultados del informe PISA.

Los políticos se indignan.

Los expertos explican.

Los profesores se defienden.

Los padres se preocupan.

Los partidos encuentran un culpable.

Y después, aproximadamente una semana más tarde, todo el mundo vuelve a su vida.

Quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.

¿Y si el problema no fuera únicamente cuánto saben nuestros alumnos?

¿Y si midiéramos cuánto sabe España?

Un PISA para toda la sociedad.

Misma prueba.

Sin edad.

Sin cargo.

Sin excusas.

Preguntas de matemáticas básicas.
Comprensión lectora.
Ciencia.
Historia.
Economía.
Instituciones.
Pensamiento crítico.
Cultura digital.
Probabilidad.
Geografía.
Interpretación de gráficos.
Funcionamiento del Estado.

Y alguna pregunta especialmente incómoda:

“Explique qué significa esto que acaba de compartir.”

Porque quizá descubriríamos algo bastante más interesante que la posición de España en un ranking educativo.

Descubriríamos qué tipo de sociedad hemos construido.

Un ciudadano puede votar sin saber qué hace exactamente el Congreso.

Puede opinar sobre inflación sin saber qué es el IPC.

Puede discutir sobre deuda sin distinguir déficit de deuda.

Puede compartir una estadística sin mirar el eje del gráfico.

Puede defender una teoría científica sin conocer sus fundamentos.

Puede consumir información durante seis horas al día y no comprender prácticamente nada de ella.

Y, sin embargo, consideramos que está perfectamente formado para participar en una sociedad extraordinariamente compleja.

Tenemos acceso infinito al conocimiento y una relación bastante creativa con él.

El examen sería brutalmente sencillo.

No habría que preguntar cosas de concurso televisivo.

Habría que preguntar cosas que cualquier ciudadano debería poder comprender para desenvolverse en democracia.

“¿Qué función tiene un juez?”

“¿Qué diferencia hay entre una ley y un decreto?”

“¿Qué es el interés compuesto?”

“¿Qué significa que el paro baje dos puntos?”

“¿Qué probabilidad hay de que ocurra algo con una probabilidad del 1%?”

“¿Qué diferencia existe entre correlación y causalidad?”

“¿Quién financia la Seguridad Social?”

“¿Qué significa que una noticia esté contrastada?”

“¿Puede una imagen generada por IA ser una prueba?”

Y una última:

“¿Está usted seguro de que sabe de lo que está hablando?”

Esta última probablemente tendría una desviación estándar bastante interesante.

Porque PISA mide una parte de la educación.

Pero ninguna democracia funciona únicamente con alumnos.

Funciona con adultos.

Con votantes.

Con empresarios.

Con periodistas.

Con funcionarios.

Con profesores.

Con jueces.

Con médicos.

Con directivos.

Con influencers.

Con tertulianos.

Con nosotros.

Y quizá la verdadera radiografía de un país no sea solamente cuánto aprenden sus niños.

Es cuánto entiende la población que ya tiene derecho a decidir sobre el mundo.

Por eso un PISA universal sería mucho más incómodo.

No permitiría echarle la culpa al sistema educativo.

Nos pondría delante de un espejo.

Y quizá descubriríamos que el problema no es que nuestros hijos sepan poco.

Es que nosotros hemos conseguido normalizar saber muy poco sobre casi todo y opinar muchísimo sobre cualquier cosa.

Eso sí sería un informe PISA.

Y probablemente el ranking que nadie querría publicar.