Porque “oficialista” no describe tanto una relación jurídica o formal con el Gobierno como una percepción editorial: la sensación de que un medio comparte con el poder un mismo marco de interpretación del mundo, incluso cuando publica críticas concretas contra ese mismo poder.
En el caso de El País, esa percepción suele venir de varias cosas a la vez.

La primera es histórica. El País nació en 1976 y durante décadas fue identificado con la modernización democrática, el europeísmo, el centroizquierda sociológico y una cierta visión institucional de España. Esa posición le dio enorme influencia, pero también hizo que dejara de ser percibido simplemente como “un periódico” para convertirse, para muchos lectores, en una institución del sistema. Eso cambia mucho cómo se interpreta cada portada.
La segunda es más importante: un periódico no tiene que elogiar diariamente al Gobierno para ser percibido como cercano a él. Basta con que coincida con sus marcos fundamentales.
Por ejemplo, hoy El País puede publicar informaciones incómodas para Pedro Sánchez o recoger con detalle las acusaciones de Feijóo contra el Gobierno. De hecho, lo hace. El País
Pero al mismo tiempo, buena parte de su espacio editorial y de opinión está situado claramente dentro de un universo progresista, europeísta e institucional. En la actual crisis de vivienda, por ejemplo, encontramos textos que presentan las movilizaciones sociales como una posible oportunidad política para la izquierda, califican duramente determinados intereses inmobiliarios o interpretan las decisiones de Junts desde una lógica conservadora de protección patrimonial. El País
Eso no demuestra que el periódico reciba instrucciones de Moncloa. Sería un salto que no está justificado por esas evidencias.
Demuestra algo diferente: afinidad ideológica o de marco en determinadas cuestiones.
El oficialismo no consiste necesariamente en mentir
Aquí está la cuestión interesante.
Un medio puede publicar datos ciertos y seguir siendo percibido como oficialista.
Porque el poder editorial no está solamente en decidir qué es verdad.
Está en decidir:
qué merece portada
qué historia dura tres días y cuál tres semanas
qué dato aparece en el titular y cuál en el párrafo quince
qué personaje aparece como protagonista y cuál como obstáculo
qué acontecimiento se interpreta como crisis y cuál como incidente
qué explicación parece razonable y cuál parece extrema
Ahí se construye una línea editorial.
No hace falta falsificar nada.
Dos periódicos pueden contar exactamente el mismo hecho y fabricar dos países completamente diferentes.
El vocabulario importa muchísimo
Imagina una protesta.
Puede ser:
“una movilización ciudadana”
“una protesta de colectivos de izquierda”
“una revuelta social”
“grupos radicales”
“miles de ciudadanos”
Todas pueden describir parcialmente la misma escena.
Pero ninguna es neutral.
Cuando un lector observa durante años que determinados actores reciben sistemáticamente un lenguaje comprensivo y otros uno más sospechoso, empieza a percibir una alineación.
Eso ocurre con El País.
Y ocurre también, en sentido contrario, con otros periódicos españoles.
La prensa española tiene una tradición bastante marcada de periódicos con líneas editoriales reconocibles. El lector suele saber aproximadamente qué universo político encontrará antes de abrir la portada.
Eso no convierte automáticamente al periodismo en propaganda.
Pero tampoco tiene demasiado sentido fingir que los periódicos son cámaras de seguridad instaladas encima de la realidad.
Hay una diferencia enorme entre periódico gubernamental y periódico del establishment
Y creo que aquí está la clave.
Yo sería bastante cuidadoso llamando a El País simplemente “periódico del Gobierno”.
Es una descripción demasiado pobre.
La categoría interesante es otra:
periódico del establishment progresista español.
Establishment entendido no necesariamente como una conspiración, sino como un ecosistema.
Alta administración.
Universidad.
Grandes empresas.
Instituciones europeas.
Industria cultural.
Partidos tradicionales.
Diplomacia.
Think tanks.
Profesionales urbanos.
Una determinada intelectualidad.
Ese mundo no piensa exactamente igual.
Pero comparte bastantes presupuestos básicos.
Europeísmo.
Democracia liberal.
Economía de mercado regulada.
Estado del bienestar.
Multilateralismo.
Derechos civiles.
Desconfianza hacia populismos de distinto signo.
Dentro de ese perímetro puede haber críticas feroces.
Lo que rara vez se cuestiona es el perímetro entero.
Y ahí nace parte de la percepción de oficialismo.
El caso Sánchez es más complejo de lo que parece
Porque El País tampoco ha sido históricamente un periódico simplemente sanchista.
Ha mantenido tensiones importantes con Pedro Sánchez y con diferentes estrategias del PSOE.
Por eso sería demasiado sencillo decir:
PSOE gobierna → El País obedece.
No funciona así.
Actualmente, por ejemplo, el periódico informa abiertamente de la debilidad parlamentaria del Gobierno, de la posibilidad de elecciones anticipadas y de las maniobras internas del PSOE. El País
También publica ampliamente las estrategias del PP y las expectativas internas de una eventual llegada de Feijóo al Gobierno. El País
Pero puede ocurrir algo más sutil:
que el periódico critique al Gobierno desde un universo ideológico parecido al del Gobierno.
Y para un lector situado fuera de ese universo, la diferencia entre ambas cosas puede resultar casi invisible.
Además está PRISA
El País pertenece al grupo PRISA.
Eso introduce otra dimensión inevitable: ningún gran periódico existe en el vacío.
Hay accionistas.
Deuda.
Publicidad.
Relaciones empresariales.
Instituciones.
Bancos.
Gobiernos.
Reguladores.
Suscripciones.
Audiencias.
Prestigio.
Acceso a fuentes.
Todo gran medio está situado dentro de una estructura económica.
Eso no significa que un accionista llame cada mañana para dictar titulares.
La influencia suele ser mucho más compleja.
Hay cultura corporativa.
Selección de directivos.
Selección de columnistas.
Prioridades.
Relaciones.
Autocontrol.
Y, sobre todo, algo fundamental:
las organizaciones terminan contratando personas que consideran normales las ideas centrales de la propia organización.
No hace falta conspiración.
Hace falta sociología.
También interviene la polarización
Hay otro fenómeno.
Cuanto más polarizada está una sociedad, más difícil resulta percibir un medio como neutral.
Para un lector muy conservador, una cabecera de centroizquierda parecerá propaganda gubernamental.
Para uno muy progresista, una cabecera conservadora parecerá una extensión del PP.
Y ambos encontrarán cientos de ejemplos que refuercen su impresión.
Esto tiene un nombre bastante estudiado en comunicación: hostile media effect.
Cuando estamos muy implicados en un conflicto, tendemos a considerar sesgada contra nosotros incluso una cobertura relativamente equilibrada.
Por eso conviene separar tres preguntas:
¿Tiene El País línea editorial?
Claramente sí.
¿Esa línea está generalmente más próxima al centroizquierda liberal que a la derecha española?
También.
¿Eso demuestra que actúa siguiendo órdenes del Gobierno?
No.
Son afirmaciones completamente distintas.
El problema más interesante es otro
Quizá la pregunta no debería ser:
“¿El País es oficialista?”
Sino:
“¿Qué considera El País normal?”
Porque ahí reside el verdadero poder de un periódico.
Lo revolucionario no es decirle al lector qué tiene que pensar.
Eso funciona bastante mal.
Lo poderoso es decidir cuáles son las opciones razonables entre las que debe pensar.
Puedes criticar una política fiscal porque es demasiado expansiva o porque no es suficientemente redistributiva.
Pero quizá nadie plantea si el sistema fiscal entero debería construirse de otra manera.
Puedes discutir cuánto debe regularse la vivienda.
Pero quizá no discutes qué significa propiedad en una economía del siglo XXI.
Puedes discutir qué debe hacer Europa.
Pero partes de que Europa es el marco.
Eso es mucho más profundo que el partidismo.
El poder mediático empieza cuando una determinada visión del mundo deja de parecer una visión del mundo y empieza a parecer simplemente “la realidad”.
Y creo que ahí está buena parte de la explicación de por qué El País es percibido por algunos como oficialista.
No necesariamente porque publique lo que ordena un Gobierno.
Sino porque durante décadas ha ocupado un lugar tan central dentro del sistema político, económico y cultural español que, para una parte de la sociedad, cuando habla el sistema y cuando habla El País suenan demasiado parecidos.



