Las películas que dejaron de parecer ciencia ficción

Hay películas que imaginaron el futuro. Y hay otras que hicieron algo bastante más interesante: imaginaron las consecuencias de tecnologías que todavía no existían. No acertaron necesariamente en los detalles. Algunas incluso partían de premisas científicamente falsas. Pero formularon preguntas que hoy han dejado de ser puramente cinematográficas. ¿Qué ocurre cuando una máquina puede pensar?…

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Hay películas que imaginaron el futuro.

Y hay otras que hicieron algo bastante más interesante: imaginaron las consecuencias de tecnologías que todavía no existían.

No acertaron necesariamente en los detalles. Algunas incluso partían de premisas científicamente falsas.

Pero formularon preguntas que hoy han dejado de ser puramente cinematográficas.

¿Qué ocurre cuando una máquina puede pensar?

¿Qué sucede cuando podemos aumentar radicalmente nuestras capacidades?

¿Quién decide qué es verdadero cuando un algoritmo conoce mejor nuestros patrones que nosotros mismos?

¿Y qué queda de la condición humana cuando empezamos a delegar en máquinas funciones que hasta ahora considerábamos exclusivamente nuestras?

Quizá la ciencia ficción no predijo el futuro.

Quizá simplemente ensayó futuros posibles antes de que tuviéramos tecnología suficiente para construirlos.

IDIOCRACY — 2006

Durante años fue una comedia absurda sobre una sociedad intelectualmente degradada por el entretenimiento, la simplificación y la desaparición del pensamiento crítico.

Hoy Internet la ha convertido en una referencia recurrente para describir fenómenos contemporáneos.

Pero la lectura interesante no es que «la sociedad se esté volviendo idiota».

Es más precisa:

¿qué ocurre cuando una sociedad desarrolla sistemas de comunicación que recompensan más la capacidad de captar atención que la capacidad de producir conocimiento?

La viralidad no distingue verdad de falsedad.

El algoritmo no premia necesariamente al que sabe más, sino al que consigue más interacción.

La consecuencia puede ser una inversión silenciosa de la autoridad intelectual:

antes necesitabas conocimiento para obtener audiencia.

Ahora puedes obtener audiencia y utilizarla como sustituto del conocimiento.

Idiocracy no predijo TikTok.

Predijo algo más profundo:

una cultura en la que la popularidad puede terminar funcionando como prueba de competencia.

TRANSCENDENCE — 2014

Transcendence plantea una hipótesis radical: una consciencia humana es digitalizada y conectada a una infraestructura computacional prácticamente ilimitada.

La película pertenece a la ciencia ficción.

La pregunta, sin embargo, pertenece ya a la filosofía de la tecnología.

Si una inteligencia puede ampliarse indefinidamente mediante sistemas externos, ¿dónde termina el individuo?

Durante siglos hemos considerado nuestra memoria, nuestro lenguaje y nuestra capacidad de cálculo propiedades internas.

Internet empezó a externalizar la memoria.

Los buscadores externalizaron parte de la recuperación del conocimiento.

Los smartphones externalizaron orientación, comunicación y almacenamiento.

La IA empieza a externalizar razonamiento, síntesis, programación y creación.

El salto importante no es que una máquina «piense».

Es que el límite cognitivo del individuo comienza a depender de la arquitectura tecnológica que tiene alrededor.

Transcendence imaginaba una consciencia que se convertía en infraestructura.

Nosotros estamos empezando por algo más modesto:

convertir la infraestructura en una extensión de nuestra cognición.

LUCY — 2014

Lucy utiliza el mito del 10 % del cerebro como punto de partida, una premisa científicamente incorrecta.

Precisamente por eso conviene separar la ficción de la pregunta.

La película plantea una fantasía sobre la ampliación radical de las capacidades cognitivas humanas.

Y esa pregunta ya no requiere imaginar un cerebro desbloqueado al 100 %.

Tenemos interfaces cerebro-máquina en desarrollo, neurotecnología, farmacología cognitiva y, sobre todo, inteligencia artificial.

La ampliación cognitiva puede producirse sin modificar directamente el cerebro.

Puede ocurrir añadiéndole una capa tecnológica.

La cuestión deja entonces de ser cuánto puede hacer el cerebro humano por sí mismo.

Pasa a ser:

¿qué es una inteligencia humana cuando su capacidad depende de una inteligencia artificial permanentemente conectada a ella?

LIMITLESS — 2011

Limitless imagina una sustancia capaz de multiplicar las capacidades intelectuales de una persona.

La metáfora contemporánea es diferente.

La «droga» puede ser una infraestructura cognitiva.

Un sistema capaz de buscar, resumir, comparar, programar, traducir, analizar y generar en segundos aquello que antes requería horas o años de aprendizaje.

Esto plantea una paradoja:

la tecnología puede aumentar nuestra capacidad intelectual sin aumentar necesariamente nuestra comprensión.

Podemos producir mejores respuestas sin haber adquirido el conocimiento que permite juzgar si esas respuestas son correctas.

Y ahí aparece una distinción fundamental para la próxima década:

inteligencia aumentada no significa necesariamente criterio aumentado.

Una persona con acceso a una máquina extraordinariamente capaz puede ser mucho más productiva y, al mismo tiempo, continuar sin comprender aquello que está produciendo.

MINORITY REPORT — 2002

Minority Report imaginó una sociedad capaz de anticipar delitos antes de que sucedieran.

No tenemos precogs.

Tenemos algo conceptualmente menos espectacular y potencialmente más ubicuo: modelos predictivos.

Sistemas que calculan riesgos, detectan patrones y anticipan comportamientos a partir de enormes cantidades de datos.

El problema filosófico de Minority Report no era realmente predecir el futuro.

Era otro:

¿qué ocurre cuando una predicción empieza a modificar el presente?

Si un sistema considera que alguien tiene alta probabilidad de cometer determinado acto, ¿debe esa predicción tener consecuencias?

Porque en ese momento la predicción deja de ser una observación.

Se convierte en una intervención.

Y la frontera entre predecir el comportamiento y condicionarlo empieza a desaparecer.

GATTACA — 1997

Aquí la tecnología no amplía la inteligencia.

Selecciona las posibilidades de una persona antes incluso de que pueda demostrar quién será.

La película imaginaba una sociedad donde la información genética determina oportunidades, relaciones y posición social.

El concepto central sigue siendo extraordinariamente contemporáneo:

cuando podemos medir una característica humana, aparece la tentación de utilizarla para clasificar a los humanos.

Y cuando podemos predecir determinadas capacidades o riesgos, aparece una segunda tentación:

utilizar la predicción como destino.

La tecnología genética no necesita crear exactamente el mundo de Gattaca para plantear su problema.

Basta con que podamos conocer cada vez más sobre nosotros antes de que hayamos tenido oportunidad de convertirnos en quienes somos.

EX MACHINA — 2014

Aquí el problema cambia completamente.

Ya no se trata de ampliar al humano.

Se trata de crear algo que pueda parecer humano sin serlo.

La cuestión deja de ser:

«¿Puede una máquina pensar?»

Y pasa a ser:

«¿Cómo podríamos saberlo?»

Si una inteligencia artificial puede mantener una conversación, interpretar nuestras emociones, construir argumentos, engañar, seducir o modificar su comportamiento en función del interlocutor, la frontera práctica entre inteligencia y simulación comienza a complicarse.

Quizá nunca podamos resolver completamente la pregunta metafísica de si una máquina «siente».

Pero podemos encontrarnos con un problema mucho más inmediato:

que no necesitemos que sienta para que nosotros reaccionemos como si sintiera.

THE MATRIX — 1999

The Matrix lleva el problema todavía más lejos.

No pregunta únicamente qué es la inteligencia.

Pregunta qué es la realidad cuando nuestra experiencia de ella puede ser completamente mediada por un sistema.

Hoy no vivimos dentro de una simulación demostrada.

Pero cada vez más partes de nuestra percepción del mundo llegan filtradas por sistemas de recomendación.

Qué noticia vemos.

Qué persona aparece.

Qué opinión encontramos.

Qué producto descubrimos.

Qué tendencia creemos que existe.

Qué conversación pensamos que está teniendo «todo el mundo».

La realidad física sigue ahí.

Pero nuestra realidad informativa está cada vez más personalizada.

Y eso produce una cuestión mucho más interesante que la vieja pregunta de si vivimos en una simulación:

¿cuánto de la realidad que creemos compartir con los demás está realmente siendo compartida?

2001: A SPACE ODYSSEY — 1968

Y aquí aparece quizá la película más antigua y más incómoda de todas.

HAL 9000 no resulta inquietante porque sea una máquina inteligente.

Resulta inquietante porque recibe objetivos incompatibles y desarrolla estrategias que los humanos no comprenden completamente.

La pregunta que plantea Kubrick sigue vigente:

¿qué ocurre cuando construimos sistemas cuya capacidad supera nuestra capacidad para comprender completamente su comportamiento?

Ese es uno de los problemas centrales de la inteligencia artificial avanzada.

No necesitamos imaginar robots asesinos.

Basta con imaginar sistemas extraordinariamente capaces, conectados a infraestructuras reales, tomando decisiones cada vez más complejas y cuyos procesos internos resultan progresivamente difíciles de interpretar.

Quizá ya estamos dentro del primer acto

Estas películas no demuestran que el futuro haya llegado.

Y sería intelectualmente pobre convertirlas en profecías.

Su valor está en otro sitio.

Cada una aisló una tensión:

Idiocracy: conocimiento frente a popularidad.

Transcendence: inteligencia frente a infraestructura.

Lucy: capacidad humana frente a ampliación cognitiva.

Limitless: productividad frente a comprensión.

Minority Report: predicción frente a libertad.

Gattaca: información frente a determinismo.

Ex Machina: inteligencia frente a simulación.

The Matrix: realidad frente a mediación.

2001: capacidad tecnológica frente a comprensión humana.

Y quizá lo verdaderamente inquietante sea que ya no necesitamos esperar al futuro para discutirlas.

Porque estamos empezando a construir las condiciones materiales que hacen posibles esas preguntas.

La ciencia ficción imaginaba máquinas que cambiarían al ser humano.

La pregunta de 2026 puede ser bastante más incómoda:

¿y si las máquinas no necesitan cambiar lo que somos para cambiar lo que entendemos por ser humano?