Y nos quedamos afuera.
Durante años, la superinteligencia artificial fue una hipótesis de futuro. En 2026 empieza a parecerse más a una estrategia empresarial. Quizás solo geopolítica.
Google DeepMind ya estudia explícitamente el camino de la AGI hacia la ASI. Meta habla abiertamente de personal superintelligence. OpenAI desarrolla agentes capaces de trabajar de forma autónoma. Nuevas compañías reciben cientos o miles de millones para investigar sistemas capaces de mejorarse a sí mismos. Nvidia y los grandes proveedores de infraestructura compiten por suministrarles el cómputo necesario.
Y mientras las capacidades aumentan, aparece una pregunta mucho menos cómoda: ¿quién controla una inteligencia que empieza a participar en su propia evolución?
La carrera ya no consiste únicamente en conseguir un modelo que responda mejor. Consiste en construir sistemas que investiguen, programen, razonen, utilicen herramientas, trabajen durante horas o días y, potencialmente, contribuyan a construir la siguiente generación de sistemas.
Google DeepMind habla de mejora recursiva. Recursive Superintelligence ha convertido esa idea directamente en su tesis empresarial. Safe Superintelligence, fundada por Ilya Sutskever, mantiene la seguridad como objetivo central. Anthropic advierte de riesgos que incluyen pérdida de control, autonomía y concentración de poder.
La paradoja es evidente: cuanto más capaces son estos sistemas, más útiles resultan para desarrollar sistemas todavía más capaces.
La inteligencia artificial empieza así a parecerse menos a una herramienta y más a una nueva infraestructura cognitiva. No sabemos todavía cuándo —ni siquiera si— llegará una superinteligencia en el sentido fuerte del término.
Pero sí sabemos algo. Trump ya ha acuñado el término y debemos usarlo.
La carrera para descubrirla ya ha comenzado. Por implementarla a nivel armamentístico, quizás ya hace un tiempo, y sin saberlo.
Y quizá la pregunta verdaderamente incómoda no sea cuándo llegará la superinteligencia.
Sea quién estará preparado cuando deje de ser una promesa y empiece a tomar decisiones.
Mientras las autonomías discuten hablar en su lengua «¿nativa?» y confrontando para ponerlas delante de la oficial, y tercera del mundo. Todo lo demás avanza, y no nos enteramos.



